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Jueves, 17 de Mayo 2012

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Negociando diferencias

Pasa la fiesta y aterrizamos en la realidad. ¿Cómo negociar las diferencias con nuestra pareja y lograr acuerdos que nos permitan crecer en nuestra relación? Si, en medio de tantos preparativos para la boda, aún no se han dado el tiempo para sentarse, conversar y asumir compromisos como un nuevo núcleo. Esta es la oportunidad.

Negociando diferencias

Negociando diferencias

Casarse significa compartir la vida con otro. En la convivencia, de todos los tipos, sea entre padres e hijos, entre hermanos, o incluso con roomates, siempre hay conflictos. Sin embargo, cuando nos casamos, el amor y la ilusión nos llevan a pensar que todos los conflictos o desacuerdos que se presenten en el nuevo hogar, pueden solucionarse, mágicamente, por amor: “En el día a día, del matrimonio, es cuando se comienza a notar actitudes y costumbres de la pareja, que pueden llegar a molestar y, que nunca supimos antes de casarnos. Lo mejor es hablar, y no dejar acumular la molestia”, dice Laura María Noboa, Terapeuta Familiar y de Pareja: “Peor es, que al cabo de 5 años, te enteres de mala forma, que tu pareja odia la menestra que le cocinas desde el primer día de matrimonio. Si te lo hubiese dicho desde el principio, o buscas otra receta, o entras a clases de cocina”, ilustra con humor la misma terapeuta.

Los desacuerdos en una pareja son normales, porque una pareja la forman dos: “dos opiniones, dos experiencias de vida, dos criterios”, dice Noboa. Pero ¿hasta qué punto estas diferencias en la pareja deben ser consideradas normales? Para la mayoría de los especialistas, los desacuerdos se tornan peligrosos cuando se involucran posturas ajenas a la pareja, cuando empiezan a generar un constante malestar, disgusto o sufrimiento en alguno de los miembros, o cuando los dos tienen posturas radicales y ninguno está dispuesto a ceder. Muchos divorcios se han dado por desacuerdos que, a la vista de otros, o con el pasar de los años, resultan insignificantes.

Gissela Echeverría, Master en Terapia Familiar Sistémica, ofrece unos talleres preparatorios para novios, llamados “Contigo Pan y Cebollas”. En éstos, se parte de la comprensión de que cuando dos personas se eligen como pareja, cada uno llega con una mochila de origen que incluye aprendizajes, comportamiento, formas comunicacionales y formas de sentir, aprendidas en sus familias de origen. Por eso, lo que Echeverría recomienda a una pareja de nuevos esposos, como punto de partida, es: “deshacer esas mochilas. Revisar todo lo que uno trae por dentro, seleccionar sólo lo positivo para sentar las bases de la nueva familia y dejar de lado lo negativo”. Como segundo punto Echeverría invita a revisar las expectativas que cada uno tienen del matrimonio y de la pareja: “para qué te casas, para tener una gran fiesta de bodas o para construir un proyecto de vida” “me caso para salir de casa o para que me den la felicidad que no tengo”. Y, finalmente, cuando se han afinado los conceptos Echeverría propone abordar los temas clave de un matrimonio como la vida sexual, los hijos (número y educación), manejo del dinero, la relación con la familia extensa, entre otros.
Además, vale tener en cuenta, desde el principio de una relación, las posibles diferencias de crianza: ¿profesamos diferentes religiones?, ¿seguimos las mismas tradiciones?, ¿nuestros valores son similares? ¿Cómo son los hogares de cada uno?, ¿vienen de padres divorciados?, ¿de familias numerosas y muy unidas? ¿Qué prioridades tiene cada uno? ¿Qué planes personales, de carrera tiene cada uno, ¿repercutirá eso en la pareja?. Todas inquietudes que deben ser tácita o expresamente resueltas en un matrimonio.
Negociando diferencias

Una vida entera para negociar

Siempre recuerdo la conversación que tuve con mi amiga Sandra pocos días antes de su boda. Estaba enamoradísima, pero era conciente de que ella y su novio tenían temperamentos diferentes. Sandra era la amiga de todos, extrovertida, de una agenda social llena y envidiable. Su novio, en cambio, hablaba muy poco, casi no tenía amigos en el país, y su noche de viernes ideal era ver una película en casa. Eso le preocupaba a Sandra y me dijo que esperaba que con el tiempo él pudiera cambiar. Pero, la gente no cambia, y ahora, después de 20 años de un sólido matrimonio Sandra reflexiona que lo que tuvo que hacer para mantener una relación feliz y saludable fue negociar: “Yo me quejaba mucho de Erick en el aspecto social y tuve demasiadas peleas por ese motivo, sin embargo, el amor y el respeto que le tengo me hicieron caer en cuenta que no valía la pena pelear, sobre todo porque él no me prohibía nunca el que yo tuviera mi vida social tan activa. A cambio, yo respetaba los espacios que eran de él, como desayunar religiosamente todos los días juntos y pasar los domingos en el club en familia”.
Desafortunadamente para muchas personas el negociar puede implicar más de un disgusto o una pelea. Por lo que, antes que nada, debemos tener presente que negociar no es sinónimo de pelear. Sino de exponer tranquila y honestamente nuestras inquietudes y buscar un bien común. Para lograr esto, los especialistas recomiendan:
- Buscar un momento y un espacio adecuado para conversar: “No debemos hacerlo en medio de compras en un centro comercial, o con la televisión de fondo”, explican los terapistas. Dedíquenle el tiempo que se merece y háganlo tantas veces como lo consideren necesario.

-Manejar una comunicación efectiva: “Para poder mantener una conversación debe haber una predisposición al diálogo. Estar abierto al diálogo significa considerar que lo hacen para mejorar. Por ejemplo si tu pareja te dice “me molesta que dejes la ropa por el piso” y tú te abres a recibir ese comentario como una revelación sobre ti mismo, como un aspecto que se puede mejorar. Los reclamos no tienen que ser agresiones sino oportunidades de crecimiento, de mejoramiento humano”, explica Echeverría.
- Hay que escuchar al otro… hay que ceder. “Poniendo en blanco y negro mis opiniones y las de mi pareja, conversando los pro y los contra, reconociendo y respetando la opinión de mi pareja, llegando a acuerdos. Ceder no siempre es perder”, insiste Laura María Noboa.
- Hay que aprender a hacer reclamos responsables: “No atacar el ser de la otra persona. Eliminar completamente expresiones como eres desordenado, eres necio, eres, ese verbo ataca al ser de la persona. Lo que nos importa es el comportamiento. Uno debe referirse diciendo cuando tú haces o dices tal cosa, yo me siento, cuando tú me dices eres un inútil, yo me siento irrespetado…” Ser capaz de decir lo que siente, sin atacar al otro aconseja Gissela Echeverría.
- “Escojan sus peleas” recomienda Noboa. Las peleas desgastan una relación “desacuerdos van a haber muchos y no siempre vale la pena pelear por algo. ¿Te vas a pelear porque no te abre la puerta del carro? No vale la pena, ya encontrarás razones de peso que ameriten tal desgaste”, manifiesta.

- Y algo que nosotros añadimos, la importancia del sentido del humor. Aligerar muchas cosas, no tomarse en serio muchas otras, y reírse de uno mismo y de ciertas situaciones, sin duda alimentará una buena relación.
- Los desacuerdos no desaparecen nunca, al contrario, siempre tendremos uno nuevo y sobre cosas más difíciles de resolver a medida que pasan los años: “Si hemos aprendido (en pareja) a conversar y sustentar nuestros puntos de vista, a ceder y acoplarnos, habremos creado mecanismos que nos ayudan a salir adelante sin generar mayores conflictos cuando enfrentemos desacuerdos mayores,” explica Laura María Noboa. Finalmente, siempre se pueden usar recursos profesionales de ayuda, personas que de manera imparcial nos orienten a una mejor comunicación y a lograr acuerdos que nos hagan felices a ambos, tal como lo sugiere Gissela Echeverría: “Hay ocasiones en que sí puede resultar útil la intervención de un facilitador de la conversación, ya sea un sacerdote, terapeuta o amigo”.
El amor, ¿todo lo puede?

Consultamos varias parejas con muchos años de casados sobre las características, que se requieren para vivir en pareja. El resultado fue una lista casi tan larga como el de las palabras con las que podemos definir el amor: “paciencia, inteligencia, humildad, generosidad, camaradería, sensualidad, coquetería, comprensión, solidaridad, lealtad”. Desde su experiencia con parejas, Laura María Noboa lo resume así: “Paciencia para tolerar mis fallos y los de mi pareja. Resiliencia, la capacidad de resistir y acometer, ya que habrá momentos difíciles. Buena comunicación, para saber decir y saber callar. Respeto en las diferencias. Perdón para saber dejar pasar. Amor, sobre el cual construir la relación”.
Pero, como lo decíamos al inicio de este tema, si bien no podemos esperar que el “amor” sea el curador mágico de cualquier conflicto o desacuerdo entre la pareja, el amor siempre será el requisito esencial. Y si en medio de todo, la pareja se siente amada, tendrá disposición para todo lo demás.
En su libro “Los 5 lenguajes del amor” el autor y terapista familiar estadounidense Gary Chapman, dice que hay 5 maneras de manifestar el amor: Tiempo de Calidad (escuchar atentamente, pasar tiempo juntos, viajar juntos), Palabras de Afirmación (reconocer logros de su pareja, elogiar, dar ánimos), Actos de Servicio (lavar el carro, ayudar en casa), Regalos (llevar detalles, flores, chocolates, etc.), y Contacto Físico (abrazar, acariciar, tomar la mano). Una mujer se puede sentir amada cuando la abrazan, mientras que otra, cuando le elogian su comida o le dicen que está muy guapa. Igual a un hombre, le puede gustar más que le reconozcan su ayuda o apoyo en casa, que se acurruquen junto a él cuando ven tele. En este contexto Chapman dice que lo sabio es aprender a reconocer cuál es el lenguaje del amor que prefiere tu pareja y el que tú mismo prefieres, para poder expresarse en la medida necesaria para cada uno. Exprese su amor, siempre que pueda, le provoque o lo considere necesario.
Para resumir todo lo expuesto, podríamos utilizar una frase del escritor y académico francés André Maurois: “Un matrimonio feliz es una larga conversación que siempre parece demasiado corta”. Con eso en mente, ¡felicidades y buena suerte!

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