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Jueves, 17 de Mayo 2012

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Manuela y Frédéric

Como un cuento de hadas

Dos años y medio de noviazgo culminaron en una boda de fantasía. Manuela Salazar Granizo de AscÁsubi y Fréderic Bernabeu Gillette se casaron en Quito, en septiembre de 2010. Aquí una crónica de la boda.

Me levanté feliz y con mucha tranquilidad porque sabía que había tomado la decisión correcta y que iba a estar toda mi vida con la persona que amo”, dice Manuela al recordar lo primero que sintió el día de su boda.

Después todo viene muy rápido, entre preparativos de última hora, revisión de los últimos detalles, y todo se vive a una velocidad tal que si las fotos no registraran los hechos, en medio de tantas emociones seguro algunos detalles traicionarían a la memoria.

Es que nos referimos a una boda que desbordó en detalles y sofisticación. Sin embargo, como nos cuentan Manuela y Fréderic, la planificación fue rápida, “me reuní con toda la gente que nos ayudó durante dos intensas semanas en Quito, arreglé los detalles a la distancia, y las decisiones finales fueron días antes del matrimonio”, dice ella.

Llegado el gran día, la celebración civil fue en el restaurante Teatrum del Teatro Sucre. Ochenta invitados, un grupo de flamenco, un menú de degustación y vinos Marqués de Murrieta, propiedad de un amigo de los novios, definieron la celebración sobria, y donde cada elemento destacó en la justa medida. Los cinco hermanos de Manuela fueron parte de sus testigos, y la celebración íntima reunió a los amigos más cercanos.
Manuela y Frédéric

La boda religiosa merece mención aparte. Los novios escogieron la Capilla del Rosario, dentro del convento de Santo Domingo. “Es una capilla mágica y muy acogedora. Queríamos que la ceremonia fuera muy especial. Escogimos a una soprano y un cantaor español, cuyas voces llenaron de emoción la capilla”, recuerdan los novios. El Padre Roberto Fernández dio un hermoso sermón y concedió a los novios el deseo de hacer toda la misa en francés y en español para incluir a todos los visitantes. La novia leyó los votos e intercambió la alianza en francés, mientras que el novio lo hizo en español. Después vendría otro capítulo, la fiesta, nada menos que en la Plaza de Toros Quito.

El ruedo de la Plaza de Toros se convirtió en el escenario de la celebración para los 250 invitados, de los cuales 120 llegaron desde Nueva York y Europa.

En manos de Cayetano y Mónica Decoraciones, el resultado se resume en una decoración elegante y romántica. Velas, rosas y flores tonos lila, detalles en blanco y toques de dorado antiguo, predominaron en el ambiente creando una atmósfera sutil y a la vez sofisticada.

Se cubrió el ruedo con piso de madera y se puso una carpa gigante que fue decorada con cortinajes de organza y varios faroles con velas. Desde la calle, la entrada de los invitados fue por la “Puerta Grande” donde se decoraron árboles con velas encendidas. Luego, una alfombra en tono dorado antiguo enmarcada con jarrones gigantes de vidrio llenos de agua, velas y pétalos de colores conducían hacia el lugar de la fiesta en el interior de la Plaza.
Manuela y Frédéric

Manuela y Frédéric

Junto a ello, una zona de “Lounge” con varios sofás modernos cerca de un gran bar para que los invitados pudieran descansar, conversar o tomar un aperitivo en esa zona. Una estación de café, té y bajativos completaba el servicio impecable.

Manuela recuerda con emoción cada detalle de aquel gran día. El hecho de haber escogido la Plaza de Toros como lugar de la celebración no fue casual. “Tengo mucha historia y tradición ahí, tanto del lado materno como del paterno. Yo quería casarme en un sitio diferente, donde nadie más lo hubiera hecho antes. Me encantó la idea circular del ruedo y como las luces en los graderíos creaban un efecto de círculo de luz. Además fue lindo porque coincidió con el año en que la Plaza cumplía 50 años. Mi papá dio un discurso muy especial en los dos idiomas para incluir a todos”, recuerda Manuela.
Manuela y Frédéric

Manuela y Frédéric

El menú fue uno de los aspectos más cuidados de la boda de Manuela y Fréderic. “A los dos nos apasiona la comida, Frederic como buen francés cocina muy bien, y viviendo en Nueva York, estamos expuestos a tantos sabores, que somos muy exigentes. Henry Richardson preparó todo a la perfección ese día”, dice la novia. Impreso en tonos oro viejo y caligrafía clásica, el menú impactó desde su presentación. Empezó con un consomé de rabo de buey al oporto bien caliente para que los invitados no sientan frío. Luego langostino al vapor con salsa de azafrán y pangora gratinada servida en su propio caparazón. Para cambiar el sabor un sorbete de lima y lavanda, luego un magret de pato
acompañando de fois gras fresco caramelizado con salsa de capulí y macis, varios hongos del bosque al cognac y arroz silvestre con nueces y piñones. Para el postre un fondant de chocolate al cointreau, y crema helada de vainilla.

En cuanto a la bebida, “a los dos nos encanta el Champagne, así que nos aseguramos que no falte. Escogimos vinos de propiedad de amigos nuestros. Trajimos Magnums de Champagne y vinos desde Francia y España. A la gente le gustó mucho las botellas dobles de 1.5 litros, algo que no se ha visto antes”, cuenta Manuela. Y para cerrar, el toque dulce. Procedentes de varios lugares y muy coloridos, destacaron los mignones, los preferidos de la novia, y se incorporaron tan bien a la decoración que la gente pensaba que eran solo decorativos.

Durante la cena hubo un grupo de músicos liderados por Jeff Tollefson con música estilo Motown blues y luego los invitados bailaron hasta el amanecer acompañados de una orquesta y DJ.
Manuela y Frédéric

Fue una boda rica en detalles. ¿Ejemplos? Innumerables. Desde el hecho de que el baño de hombres haya sido señalizado con una gigantografía de un toro y torero; o que las cremas, jabones y velas de los baños fueran traídos desde Francia, y correspondían a la línea de Lavanda de L’Occitane. Los centros de mesa tenían varios tipos y tamaños de rosas, hortensias, lisianthus y colgantes de cristales swarowsky. Las invitaciones contenían textos en francés y castellano…

La novia
Manuela no dejó de lado un solo detalle para lucir radiante en su día. Compró su vestido en Nueva York. “Fue el primer vestido que me probé y desde el primer momento supe que lo quería; era de tulle y organza, con un cinturón de cristales”, cuenta ella.

Como complemento, utilizó joyas de familia. “Mi mamá me prestó unos aretes Chandelier de diamantes, que luego me los regaló de sorpresa. En el pelo llevé una peineta con un broche de diamantes y zafiros, para tener algo azul; y un anillo prestado de mi hermana Sophie que fue muy especial para mí”.

El ramo estuvo en manos de la abuela paterna de Manuela. “Fue elaborado solo de ranúnculos y peonias blancas, muy difíciles de conseguir en Ecuador; sólo hay una persona que los tiene, un amigo de mi tía, Renato Terán, y tuvo la gran generosidad de cortarlas de su propio jardín”.

Con un maquillaje discreto, y el cabello suelto, Manuela no solo lució natural sino también cómoda. Maquillaje, peinado, vestido y accesorios se confabularon en armonía para resaltar aún más su brillo propio.

¿El novio? él se decidió por un smoking de Yves Saint Laurent, parte de la noche utilizó corbata negra y la otra corbatín.

Para Manuela y Fréderic, un momento único en sus vidas, el más feliz de todos. “Fue especialísimo ver a toda mi familia reunida, es la primera vez en mucho tiempo que celebro junto a todos”, dice ella. Y como algo emotivo, Manuela destaca además lo gratificante que ha sido terminar con nuevos amigos. “Sentimos que nuestro amigo nos casó, que nuestro amigo decoró la Plaza, que otro amigo tomó las fotos en nuestro matrimonio, y eso es muy especial. Luego de que todo se acaba lo más hermoso que te queda son las fotos (que estuvieron en manos de Andrés Llopart) y el recuerdo, que te permite revivir aquellos momentos, porque ese día todo pasa muy rápido”.
Manuela y Frédéric

Manuela y Frédéric

La Luna de Miel

Entre Fréderic y Manuela el acuerdo era ir a un lugar en el que ninguno de los dos haya estado antes y que les ofreciera la mezcla perfecta entre cultura y descanso. “Primero fuimos a Bután, un país maravilloso en los Himalayas, donde la cultura permanece intacta. Es uno de los poquísimos lugares en el mundo donde la globalización no ha afectado el estilo de vida tradicional de sus habitantes. El turismo es muy controlado, no hay semáforos en el país, está lleno de templos budistas impresionantes, un país donde la “Felicidad Interna Bruta” se considera más importante que el “Producto Interno Bruto”. Pasamos días mágicos, en donde escalamos a templos, visitamos monasterios y recibimos la bendición matrimonial del monje principal. Luego fuimos a las islas Maldivas, a una isla privada. Buceamos con tiburones y manta rayas todos los días”, así describe Manuela aquella experiencia única, irrepetible.

Y cuando le pedimos que nos cuente que ha sido lo más hermoso de la Luna de Miel, ella lo tiene claro: “Encontrar un poco de silencio luego de diez días de momentos intensos. Levantarte llena de paz y tranquilidad porque con la persona que escogiste como tu compañero te sientes inmensamente feliz y él tiene la misma sonrisa tuya”.

Él y ella

Pese a venir de lugares muy diferentes, los dos crecieron con los mismos valores. Él nació en París, ella en Quito, pero el hecho de vivir en Nueva York dice mucho de los dos. Como afirma Manuela, “Nueva York es una ciudad fascinante pero muy dura, y creo que si no tienes una personalidad fuerte y emprendedora la ciudad no te acoge”, y destaca como anecdótico que ambos llegaron a Nueva York en el 2005, y que el mismo día en que Fréderic tiene su estampa de entrada en el pasaporte, Manuela llegó manejando con todas sus cosas desde la Universidad en Virginia, para instalarse en Nueva York.
Se conocieron en un restaurante en el 2007, y después de un noviazgo de dos años y medio, decidieron casarse. Están seguros de que son el uno para el otro.

¿Por qué? “No pasa un día en el que Frédéric no me haga sonreír. Los dos nacimos en lados opuestos del mundo, hablando idiomas distintos, pero en el fondo somos muy parecidos. Los dos empujamos al otro a ser mejor. Él es una persona increíble, tan positiva, tan generosa, y sabe como con un gesto o solo una palabra cambiar mi peor día en un día feliz”, dice Manuela.

Fréderic le pidió matrimonio cuando estaban de vacaciones en México. “Luego de haber buceado toda la mañana en los Cenotes, y de haber visitado las ruinas Mayas, nos sentamos en la playa a ver el atardecer y a tomarnos una botella de Champagne; se puso de rodillas y me pidió casarme con él”.

“Nuestras diferencias hacen que nos complementemos, pero las bases son las mismas. Los dos crecimos en familias que nos dieron apoyo y amor incondicional, nos enseñaron desde pequeños a ser independientes, compartimos la misma religión, las costumbres son similares. Fue muy fácil encontrar puntos en común entre los dos”, cuentan ellos y aunque eventualmente les gustaría vivir una temporada en Europa, por ahora piensan formar una familia en Nueva York. “Nuestros hijos tendrán la ventaja de hablar 3 lenguas y tener familia en países diferentes”, dicen.

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