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Jueves, 17 de Mayo 2012

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Muamar Gadafi

El dictador freak

Cuando los opositores al régimen están exigiendo que el líder libio y su familia abandonen el país, aún queda tiempo para enterarse de las insólitas costumbres e ideas de este hombre obsesionado con los quitasoles, el maquillaje y las tiendas beduinas

Se han vertido ríos de tinta en las últimas semanas sobre el trastorno psiquiátrico que parece tener Gadafi y que escapa a cualquier diagnóstico convencional. Sus actitudes excéntricas rayan con el surrealismo y se acercan al delirio. Respecto a la situación en Libia, declaró que todo su pueblo lo ama y que los rebeldes no existen. Según él, los que “arman bulla” –un eufemismo para denominar lo que ya es una guerra civil– son “adolescentes a los que alguien les ha metido drogas alucinógenas en el Nescafé”. Gadafi, en su delirio, no concibe que él, que ha dedicado 43 años de su vida a Libia, no sea adorado por todos sus súbditos.

Efectivamente, un cable enviado por el embajador de Estados Unidos en Trípoli, el 29 de septiembre de 2009, que se hizo público por WikiLeaks, está exclusivamente dedicado a la “extraña e insospechada” conducta de Gadafi, caracterizada por bruscos cambios de humor que hacen imposible tratar con él. Otro cable ahonda aún más en su personalidad, y lo describe como voluble, impredecible, apasionado e “infantil”. Por ejemplo, antes de viajar a Estados Unidos preguntó cómo era Nueva York, si había algo que visitar y si Washington quedaba muy lejos. Otro cable enviado en 2008 a Hillary Clinton desde Trípoli sostiene que, en las reuniones, “evita el contacto visual” y, a menudo, “hay largos períodos de silencio incómodo”. Por si esto fuera poco, depende enfermizamente de un grupo cerrado de personas, en especial de su enfermera, una voluptuosa rubia ucraniana que lo acompaña a todas partes porque es la única que conoce su rutina y con la que se rumorea mantiene una relación sentimental. Su nombre es Galyna Kolotnytska, pero ése es el rasgo menos llamativo de su obsesión por todo lo femenino: su guardia personal la forma un número aproximado de doscientas bellas amazonas dispuestas a dar su vida por él, todas vírgenes, de uniforme militar y armadas hasta los dientes; pero maquilladas, con las uñas pintadas y tacos altos, algo que parece ser muy importante para el dictador, quien es conocido por utilizar maquillaje, lápiz de ojos y tintura para el pelo. El año pasado, en una visita a Roma, reclutó, en una agencia de modelos, setecientas mujeres para invitarlas a una serie de charlas con el objeto de convencerlas de que se convirtieran al islamismo, ya que el cristianismo era “un camino equivocado”, lo cual indignó a la opinión pública italiana.

Muamar Gadafi

Muamar Gadafi

Hay más. Vanity Fair dedicó un reportaje en 2009 al denominado “Gadafi style”, al rendir homenaje a la rocambolesca forma de vestir del mandatario. En ese momento, consideraban con ironía que era un genio que había impuesto su personal, colorido y desvergonzado estilo en el gris mundo de las cumbres internacionales. Desde sus trajes de mujer, sus túnicas estampadas que parecen arrancadas de una cortina, sus ternos blancos estilo “Saturday Night Fever”, sus gorros siberianos de piel de oso, hasta sus uniformes de época con tantos galones que hubieran avergonzado al mismísimo Napoleón, su desfachatez no tiene fin. Su peculiar sentido de la estética ha hecho que un grupo de peruanos hasta hace poco residente en Libia, se refiriera a su estilo como “Mary Poppins”, por su afición a salir con sombrilla a todas partes, de día y de noche. Uno de ellos, que pidió reserva de su identidad, dice que, en Trípoli, hay fotos de Gadafi por todas partes, prácticamente en todos los edificios de la ciudad; pero como ni siquiera hay una imagen oficial, son fotos suyas en diferentes situaciones: en uniforme militar, polo negro y pantalones blancos a lo “Miami Vice”, camisa estampada o con túnica. “La más surrealista”, comentan, “es una imagen gigantesca de Gadafi con los brazos abiertos saliendo de entre las nubes, como si fuese Dios”. De hecho, cuando se le pidió una foto normal para su visado a Estados Unidos, sugirió que fotografiaran una de las imágenes de estos paneles y la achicaran. Perplejas, las autoridades estadounidenses dijeron que esto no era posible, y tras muchas idas y vueltas, el dictador accedió a que le tomaran una foto, especialmente.
Aparte de llevar siempre su carpa, nunca puede subir más allá de un segundo piso, así que, en las pocas ocasiones que no ha podido desplegar su tienda, alquila todo un primer piso para su séquito.
Luego de las primeras revueltas, el primer día que salió a saludar a su pueblo, lo hizo en un carrito de golf blindado y rodeado por sus amazonas en tacos altos. Una imagen no muy coherente con la que se presenta ante distintos funcionarios latinoamericanos: “Soy el Che Guevara árabe”, dice.

Por: José María López de Letona

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