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Jueves, 17 de Mayo 2012

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La década...

En que todo cambió, desde Nueva York

El décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre ya se está conmemorando en ediciones especiales de periódicos, la televisión y en el ánimo de los neoyorquinos. Aunque los augurios apocalípticos no se han cumplido, sí es cierto que, en parte, nadie ha vuelto a dormir en paz.

La década...

Desde ese horroroso 11 de septiembre de 2001, los habitantes de Nueva York se han acostumbrado a ver una vez al año las tristes caras de autoridades, policías, bomberos y, especialmente, familiares de las víctimas de los ataques a las Torres Gemelas leyendo amargamente, como una letanía, los nombres de los casi tres mil muertos en la tragedia. Es un ritual largo y doloroso que abre una vez más heridas que nunca se han cerrado totalmente y que, por el contrario, parecen haber crecido como una grieta primero por toda la ciudad, luego todo el país, y finalmente todo el mundo.

Los augurios apocalípticos de un principio, que aseguraban que los cuatro aviones utilizados en el ataque correspondían a los cuatro jinetes del Apocalipsis, que Osama Bin Laden era un Anticristo y que ahora, después de semejante masacre, solo quedaba esperar el fin de la humanidad, no se cumplieron. Aun así, la advertencia de Bin Laden de que los americanos no volverían “a dormir en paz”, se ha hecho, en parte al menos, realidad.
La década...

No ha habido un ataque terrorista en suelo estadounidense en una década –la matanza de 14 soldados en Fort Hood, Texas, en noviembre de 2009 fue el acto solitario de un oficial árabe-americano desencantado–, pero en 10 años no ha habido tampoco un día en que el país no sienta la amenaza de un nuevo golpe.

Después de que un militante de Al Qaeda trató de subir una bomba a un avión insertada en su zapato, todos los pasajeros deben ahora sacarse sus zapatos en la fila de seguridad del aeropuerto. Después de que otro terrorista mezcló líquidos explosivos en sus calzoncillos, nadie puede abordar con más de tres onzas de cremas o perfumes. Y después de que un tercero pretendiera hacer volar Times Square por los aires con un auto bomba, todos han recibido la orden de permanecer atentos, vigilantes y seguir esa omnipresente instrucción policial de que “si ve algo, diga algo”.

Nueva York ha sido siempre una ciudad ambiciosa, vanidosa y hedonista, el lugar donde millones llegan cada día a cumplir sus fantasías de fama y riqueza. Pero es también el sitio de otros sueños, los de tolerancia, independencia y libertad. Por lo mismo, porque aquí el juicio al resto casi no existe, ha sido siempre una ciudad sorprendentemente inocente
La década...

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En los últimos 10 años, sin embargo, buena parte de esa inocencia ha desaparecido, y un discurso cruel y violento ha comenzado a apoderarse de sus calles. La desconfianza y la sospecha se instalaron desde un principio, pero el signo más claro de este nuevo Nueva York apareció hace poco más de un año, cuando la comunidad islámica anunció su decisión de construir una nueva mezquita a solo cuatro o cinco cuadras de Ground Zero. El debate subió de tono rápidamente, y en cuestión de días ya no solo se hablaba de lo “sensible” o no del proyecto, sino de sus ramificaciones legales, sociales y, por supuesto, religiosas. Una vez más la palabra “islamofobia” –tan recurrente en la década pos 9/11– cruzó como una daga el corazón de esta ciudad donde, hasta 2001 al menos, las creencias religiosas eran ampliamente aceptadas como un asunto de elección y libertad individual. Nada más.
La hoguera de la fe se ha encendido en muchos otros lugares del país, obviamente, incluyendo Florida, donde la decisión del pastor de una pequeña congregación, el reverendo Terry Jones, de organizar una jornada para quemar el Corán desató protestas en todo el mundo árabe, crímenes en Kabul y una nueva oleada anti Estados Unidos. Hoy en día, como si estuviéramos en el medioevo, no es raro escuchar hablar de “cruzadas”, un término con sangrientas connotaciones históricas que ha sido usado con tanta facilidad por los jerarcas de Al Qaeda como por fundamentalistas cristianos como Anders Behring-Breivik, el terrorista detrás de los recientes atentados en Noruega.
La palabra apareció pocos días después de los ataques de 2001, cuando el Presidente Bush, enfrentando a un país que todavía no salía del trauma, la usó para anunciar que “esta cruzada, la guerra contra el terrorismo, tomará un tiempo”. En Estados Unidos la declaración no creó mayor escándalo, pero en la secular Europa fue recibida como una bofetada.
Desde entonces, la historia se ha precipitado hacia el futuro con la velocidad de un tren fuera de control.
Bush, que recibió el país con un superávit fiscal de más de 120 mil millones de dólares de parte de la administración Clinton, creó, en parte por obligación y en parte por decisión, un agujero financiero del que el país no se recuperará –si alguna vez se recupera– durante generaciones. Las guerras en Afganistán e Irak han creado un monstruoso espiral de gastos y miles de pérdidas humanas, pero pocos frutos. El generoso recorte de impuestos a los más ricos y las grandes corporaciones decidido por Bush –que desde entonces se ha convertido en el dogma universal del Partido Republicano– sirvió para crear divisiones económicas y resentimientos sociales que antes se suponían casi inexistentes en el país. La recesión de 2008 y la crisis bancaria y financiera del año siguiente, no hicieron más que empeorar la situación.
La década...

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Perfecto escenario

La política en Washington se ha hecho cada vez más dura y agresiva, tan partidista que, como demostró el debate sobre el límite de deuda de hace unas semanas, a veces pareciera que cualquier intento de diálogo o negociación es inútil, aunque la fortaleza e imagen del país estén en juego.

Es posible que el atentado terrorista no sea el único culpable de todas estas calamidades, pero no hay dudas de que gatilló la caída. Por lo mismo, este décimo aniversario será la oportunidad de reflexionar no solo sobre las desaparecidas torres, sino sobre un país aun convaleciente.

Si es así, Ground Zero será el perfecto escenario.

Después de largos años en que el sitio permaneció como un hoyo oscuro y siniestro abandonado en medio de interminables líos judiciales, políticos y económicos, finalmente, y con motivo del décimo aniversario, todo ha adquirido de pronto una evidente urgencia. La torre World Trade One, más conocida como “Freedom Tower”, que cuando quede terminada será el edificio más alto de Estados Unidos con 541 metros, se levanta ya con casi 50 pisos construidos. A sus pies está el “memorial” del 11 de septiembre, dos espejos de agua que ocupan la sombra donde se encontraban las torres acompañados de un muro inscrito con los nombres de la víctimas y un parque de árboles frescos y recién plantados. Con otras cuatro torres más o menos avanzadas, una espectacular estación de Metro y tren suburbano diseñada por Santiago Calatrava, y una serie de nuevos edificios levantada en varias cuadras a la redonda, el sitio tiene un aspecto pujante y optimista, la promesa de un futuro brillante para la ciudad.

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