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Felipe Camiroaga

Felipe Camiroaga

Inmortal en nuestra memoria

La tragedia se llevó a este gran animador de televisión. En una ocasión dijo a revista "Cosas" que se consideraba un idealista, una persona buena, acogedora, transparente, incapaz de hacer daño.

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Felipe Camiroaga
Cuesta escribir desde los sentimientos. Cuesta escribir de alguien que se fue. Alguien que es tan conocido y tan desconocido a la vez. Porque, a pesar de acompañar a miles de personas todos los días a través del “Buenos días a todos”, de la televisión chilena, su intimidad era sagrada.
Cuando Cosas lo entrevistó hace diez años, recorrimos su campo, nos mostró sus animales. El vínculo con sus caballos, sus perros, sus halcones, su criadero de conejos… No era un zoológico. Ellos eran sus compañeros. Su amigos de caminata. Con ellos iba cuando se internaba en los cerros. Sólo. Ahí se conectaba con su espiritualidad. La de él.
Era un gozador y un amante del buen vivir y se caracterizó por ser guardián de su mundo propio. Un tipo exigente, minucioso y potente. Definitivamente Felipe tenía una manera de entender la realidad distinta y propia, fruto de su creatividad, donde él generaba sus normas…
Al mismo tiempo, mantuvo esa capacidad abismante de desconectarse, liberarse y replantearse –con un juicio crítico– una y otra vez, la vida.Tuvo una vida marcada entre inicios y finales. La lealtad fue un aspecto fundamental en su vida. “Soy capaz de perdonar una infidelidad, pero no una deslealtad”, me comentó más de una vez.
Era un gozador y un amante del buen vivir y se caracterizó por ser guardián de su mundo propio. Un tipo exigente, minucioso y potente. Definitivamente Felipe tenía una manera de entender la realidad distinta y propia, fruto de su creatividad, donde él generaba sus normas…
Al mismo tiempo, mantuvo esa capacidad abismante de desconectarse, liberarse y replantearse –con un juicio crítico– una y otra vez, la vida.Tuvo una vida marcada entre inicios y finales. La lealtad fue un aspecto fundamental en su vida. “Soy capaz de perdonar una infidelidad, pero no una deslealtad”, me comentó más de una vez.

“Soy una persona con excesiva paciencia y soy capaz de perdonar mentiras, de comprenderlas, incluso en su origen, pero la traición no la perdono ni la entiendo. La traición, para mí, se paga con la muerte virtual de la persona”, declaraba.
Felipe pasaba largas horas contemplando sus animales. Muchas veces cuando llegaba en la noche cansado a su casa, se iba a las pesebreras a mirar sus caballos. Eso lo tranquilizaba. “Te puedes comunicar con ellos en silencio y eso, para mí, tiene un valor grande”, decía.
Felipe Camiroaga
Felipe Camiroaga, al igual que un halcón, era el señor de la libertad y el silencio. “Mis mejores momentos tienen relación con la naturaleza, con el campo y con la tierra. Si me dices: Cierra los ojos y siente placer, voy a pensar en pasto húmedo, con olor a tierra y con pájaros volando”, comentó hace muchos años. Era atractivo, seductor… y lo sabía. Jugaba con eso. Era su arma de protección y amaba que así fuera.
Felipe Camiroaga
Temor al abandono

Fue su historia, su niñez, la que marcó su vida. Una historia de abandono y de perdón; que lo marcó para siempre, más de lo que tal vez hubiera querido. “Como me sentí abandonado por mi mamá, eso se empezó a gatillar en las relaciones posteriores. Una de las cosas que trabajé con la sicóloga fue que si una mujer no quería estar más conmigo, no significaba que mi mamá me estaba abandonando nuevamente. Se me hacía insoportable que una mujer terminara conmigo”.

“Yo me acuerdo de todos los detalles que pasaron la última vez que estuve con mi mamá, cuando tenía 4 años. Estábamos sentados en la vereda, tomándonos un helado. En ese momento, vestida de blanco con una tenida un poco hippie, ella me dijo que iba hacer un viaje fuera de Chile y que iba a tratar de estar de vuelta en dos semanas. Para un niño, dos semanas no existen, es mucho y poco tiempo. Mi mamá se fue en un avión y los aviones la representaban. Volvió varios años después… Mi niñez es igual a infelicidad. Tengo malos recuerdos. Yo estuve en el Colegio San Ignacio, donde recibí un trato privilegiado por ser, en aquel tiempo, hijo de padres separados. Pero, para mí, era fuerte que en los actos de fin de año solo fuera mi papá… Él es un tremendo hombre. Mi viejo es excepcional y sigue siendo mi cable a tierra. Un maestro de las cosas simples. Lo de mi mamá lo perdoné y lo entendí hace muchos años. Estoy feliz de haber perdonado, de que todo eso esté limpio y me da vergüenza haber tenido que sentir la necesidad de perdonar. Mi mamá cometió ese error, entre comillas, a los 25 años, tengo 35 y sigo equivocándome”, dice.

A pesar de lo exigente que era en su trabajo y lo planificada que tenía su vida, hubo un sueño, un desafío, que este viaje dejó inconcluso: su deseo de tener un hijo. “Me encantaría ser papá y ese es un tema que nunca ha sido un problema. Tuve un ejemplo de padre muy fuerte, muy bueno, entonces creo estar preparado hace muchos años para ser papá. Me encantaría ser papá ahora, pero con mamá presente. No me voy a morir sin serlo”, aseguró hace poco más de dos años, almorzando en su casa una deliciosa comida preparada por su querida Rosa Helena, su mano derecha, a quien quería casi como una madre.
Otro golpe que marcó la vida de Felipe fue la muerte de su mamá, María de la Luz Fernández, el año 2006. Eso fue un golpe tremendo, sin embargo, también pudo cerrar una etapa y liberarse de ciertas angustias. Así lo confesó más de una vez. Ella era la mujer que más quería. Ya habían limado asperezas, por lo que la pérdida de su mamá la tomó como “una canallada de la vida”.
Felipe Camiroaga
“Cuando desaparece uno de los integrantes de tu núcleo básico, es como el principio del fin de uno mismo. Se me murió un pedazo y la pena va mutando, de agria va pasando a dulce... Hay que aceptarla y en eso estoy. Aun así, hoy me siento bien, la vida me ha dado mucho más que lo que esperaba y no solo hablo en lo laboral o económico, sino también en las relaciones interpersonales. La vida ha sido muy generosa conmigo, en haberme dado los principios que tengo. No he perdido la capacidad de asombro con relación a los valores de las personas y eso lo agradezco todos los días. El 2006 es un año que no voy a olvidar nunca en mi vida”. Y a pesar de la seriedad con que lo dijo, en sus palabras había serenidad.

“Fue un año de sentimientos totalmente encontrados. Un año donde no he tenido el tiempo ni el respiro para pensar, para sentir... Mi familia está en primer lugar. Después de la muerte de mi mamá, reordené todo y prioricé la vida, como tenía que ser. Después viene mi trabajo que es mi pasión... Los que me conocen saben que no ha sido fácil llegar a donde estoy, entonces me siento orgulloso. Yo he sido una persona muy criticada, que he tenido que vivir demostrando cosas, pero ya no y no me importa… Le quité ansiedad a la vida, ya no tengo ansiedad por mi trabajo, por caerle bien a la gente... No corro ni trato de darle en el gusto a todos. Me considero una persona súper feliz, realizada, con pocos y excelentes familiares. Soy un caballo resabiado, como se dice en el campo”.

¿Qué significa eso?
El caballo que se cayó en un hoyo, nunca más se va a caer en ese mismo hoyo.
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