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Jueves, 17 de Mayo 2012

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Mario Vargas Llosa

"Sin mi padre, no hubiera conocido la vida de verdad"

Hasta los 10 años de edad, el ganador del Nobel creía que su padre "estaba en el cielo". Conocerlo y tener que vivir con él, bajo una autoridad que hasta entonces no había experimentado, fue un trauma. Pero hoy le rinde homenaje porque gracias a él se hizo escritor.

Mario Vargas Llosa

Recientemente se editó en Perú el libro “Mario Vargas Llosa, el inconquistable”, donde aparece la versión completa de una larga entrevista que el periodista y escritor Beto Ortiz le hizo al Premio Nobel de Literatura, en uno de los programas que condujo en la televisión peruana el año 2000. Uno de los capítulos más emotivos es aquel donde Vargas Llosa habla de sus hijos y, muy especialmente, de su padre; más bien de la sombra del padre porque vivieron juntos muy poco tiempo.

Publicamos a continuación algunos extractos de ese capítulo/entrevista...

Hijos aventureros

Lo he oído hablar poco de su familia, y entiendo que es usted un abuelo “chocho”. ¿Eso es correcto?
Sí. Un abuelo “chocho”, absolutamente. Frente a mis nietos pierdo enteramente la sensatez, hasta la libertad; me divierto muchísimo con ellos, y hacen lo que quieren conmigo. Lo confieso.

Alvaro ha escrito un divertido artículo sobre “la noche en que Vargas Llosa fue Papá Noel”. Eso es difícil de imaginar...
Ya ves hasta qué punto me he vuelto chocho con mis nietos, que hasta me disfracé de Papá Noel.

Y fue descubierto, ¿verdad?
Fui descubierto por mi nieta mayor, por Josefinita. Ella inmediatamente, por la voz, por los ojos, dijo: “¡No, pero si este es Mario!” (me dicen “Mario”). En cambio, mi nieto Leandro sí vivió durante unos instantes el milagro: lo vi que abría muchísimo los ojos, que se ponía pálido, que me miraba como si yo viniera realmente de otro mundo, y fuemuy emocionante, desde luego.

Sus hijos han tenido actividades sumamente interesantes, ¿no es verdad? Gonzalo ha sido (o sigue siendo) voluntario...
Bueno, no es voluntario. El trabaja con la Acnur, que es una organización de las Naciones Unidas dedicada a los refugiados. Trabaja desde hace cinco, seis años, y eso lo ha llevado a sitios terribles: a Afganistán con los talibán, ha estado dos años y medio en Sarajevo durante la guerra de Bosnia, y está constantemente visitando los lugares más dolorosos de la humanidad... Fue una vocación precoz: él desde chiquitito decía que cuando grande se iría al Africa a enseñar a leer a los niñitos. Y, bueno pues, efectivamente, ahora vive dedicado a un trabajo de esa índole. Es una vida muy difícil –sobre todo para la familia, es terrible–, pero a él le llena la vida, y desde luego creo que es un trabajo hermoso.
Mario Vargas Llosa

Su hija Morgana, como fotógrafa ha tenido una trayectoria similar.
Bueno, también es un caso interesante. Mi hija Morgana estudió historia y política en la London School of Economics, pero siempre dijo que sería fotógrafa, algo que Patricia y yo no le creíamos y, sin embargo, al mismo tiempo que estudiaba, fue tomando cursos de fotografía y, apenas terminó la carrera, dijo: “Ahora voy a ser fotógrafa”. Esa profesión la ha llevado a sitios muy dramáticos: por ejemplo, a Rumania; a la otrora Yugoslavia durante la guerra civil. Han sacado mis hijos una vocación aventurera que yo siempre tuve, pero creo que me han superado largamente.

Alvaro es quien lo ha seguido, de alguna manera, en la vocación. Yo quería preguntarle si él no le ha conversado sobre el “problema” que le debe significar ser el hijo de Mario Vargas Llosa.


Yo tengo cierto complejo por ser el papá de Alvaro Vargas Llosa, pero él no tiene ningún complejo con ser mi hijo, en absoluto. Es la ventaja de haber vivido afuera, donde eso no significaba absolutamente nada y, al contrario, donde ser peruano significaba una cierta marginación. Él ha tenido que abrirse camino a través de sus propios méritos, de tal manera que ese “complejo” que a veces afecta mucho a hijos de personas conocidas, él no lo ha experimentado jamás, afortunadamente.

Si una de las materias primas de la literatura es la soledad, ¿esto ha implicado, tal vez, que tuvo menos tiempo para compartirlo con sus hijos?
Bueno, sí. Desgraciadamente, esa es una realidad. La familia vive dispersa, pero tal vez eso nos ha hecho más unidos. Por ejemplo, yo –tocaré madera– no he tenido nunca problemas con mis hijos, nunca, y sé que son muy frecuentes en las familias las rupturas, los choques. Yo tuve una relación muy difícil con mi padre, por ejemplo, que fue muy dolorosa para mí, quizás por eso...

Usted ha dicho que escribía porque a su padre le molestaba que lo hiciera.
Bueno, la vocación la tenía. Lo que he dicho es que tal vez mi vocación se fortaleció mucho porque, de alguna manera, era para resistir a mi padre (de forma indirecta, digamos cobarde): su autoridad, a mí, me aplastaba; a él no le gustaba la idea de que yo fuera escritor, pensaba que eso era un fracaso en la vida. Yo pienso que esa autoridad, empecé inconscientemente a resistirla afirmando esa vocación que él rechazaba. A lo que iba es que, como esa relación era muy difícil, yo siempre pensé que mis hijos jamás debían tener esa imagen de mí, y quizás por eso, he sido un padre muy tolerante, sin ninguna autoridad con mis hijos. Y por eso ellos me quieren muchísimo.
La autoridad del padre

¿Le reconocería usted a su padre parte de la responsabilidad de su batalla contra las dictaduras?
Sí.

¿Su padre podría ser el “gran dictador” de su vida?
Mire, yo creo que esa relación, por una parte, me ayudó a fortalecer mi vocación literaria y, sin ninguna duda, hizo de mí un rebelde contra la autoridad impuesta por la fuerza. Ahora, a la distancia, lo veo clarísimo: yo tengo esa especie de rechazo –que es un rechazo visceral (intelectual y de principios también)– contra la dictadura y, seguramente, viene de esa sensación de impotencia, de parálisis que me infundía la autoridad de mi padre. Cuando mi padre imponía algo, jamás lo pedía, lo sugería. Siempre lo ordenaba. Después ya tuvimos una relación civilizada.

Mario Vargas Llosa

Me imagino que en su living no hay una foto de él.
Sí, hay una foto de él con mi madre. Sería monstruoso guardarle rencor; por lo demás, mi padre tuvo una vejez difícil. En un momento dado, perdió su trabajo. Se fue a Estados Unidos cuando ya no era joven, y allí tuvo una vida muy difícil, donde tuvo que hacer incluso trabajos manuales, y no le pidió jamás ayuda a nadie. Los últimos años de su vida sí tuvimos una relación. Nunca llegó a ser entrañable, pero sí diría hasta cordial. Es una relación que a mí me ha marcado profundamente. Yo, sin esa relación con mi padre, no sería lo que soy, ni como escritor ni como hombre que defiende ciertos valores, así que no es para atacarlo a él, es para hacerle en cierto modo un reconocimiento póstumo.

¿Pensar por un tiempo durante su niñez que su padre había muerto fue la mentira más dolorosa...?
Ningún hecho me ha marcado tanto ni ha tenido efecto tan prolongado como descubrir a los 10 años que mi padre no estaba muerto, que mi padre existía y que lo iba a conocer allí, y que me iría a vivir inmediatamente con ese señor desconocido que resultó ser mi padre. Ese es para mí el trauma fundamental de mi vida: mi vida cambió a partir de ese momento. Todavía, a veces, siento como un estremecimiento cuando recuerdo esa mañana en Piura, en el momento en que mi mamá en el malecón Eguiguren (me dice) esa frase, por supuesto, inolvidable: “¿Tú sabías que tu papá está vivo?”, y yo recuerdo mucho haberle dicho: “Sí, mamá” y haber pensado, “¿pero qué es esto? ¿Cómo ‘vivo’, si mi papá está en el cielo, si a mi papá yo le rezo en las noches?”; y haberle preguntado: “¿Y lo voy a conocer?”. “Sí, lo vas a conocer ahora mismo. Te voy a llevar al hotel de turistas de Piura, porque ahí está tu papá”. Todavía siento cómo algo en el mundo se transformó: creo que ahí empecé la vida adulta. Empecé a descubrir la realidad, pues hasta esos 10 años yo había vivido “la edad dorada”, esa infancia protegida...

Era el niño mimado de la casa.
Era el niño sin papá: entonces, mis abuelos me adoraban, mi mamá me “engreía” mucho, mis tíos me habían adoptado, y era un niño realmente feliz y, seguramente algo monstruoso. Me cuentan –como en la familia hay tendencia a la fantasía seguramente exageran– que llegué a los excesos increíbles de pedir que para comer me contaran un cuento por cada cucharada de sopa, y me querían tanto que me daban gusto. Y de pronto (llega) mi padre, y, entonces surgió en mi vida algo que yo desconocía, que es la autoridad ante la que no es posible discutir, rebelarse.... Pero él se encontró con un extranjero también... Se encontró con un niñito mimado, caprichoso, seguramente, como digo, insoportable...

Un niñito que le cayó un poco mal.
Sí. Entonces, allí yo creo que hubo en él una frustración muy grande. Y después, un niñito (al) que le gustaba escribir poemas, algo que a mi padre lo enervaba; no tanto por incultura, sino porque él asociaba esa actividad a las cosas que le parecían más detestables: la bohemia, por ejemplo, una cierta marginalidad, e, incluso, “la mariconería”. Y a mi padre, claro, eso lo espantaba, lo horrorizaba. Él quería que yo fuera un hombre...

Un cachaco (milico).
Un cachaco no: alguien viril, alguien que no perdiera su tiempo escribiendo poemas, porque pensaba que un poeta es alguien que fracasa en la vida. Eso imposibilitó la relación y, por supuesto, yo me retraje tremendamente. Además ¡ese señor me robó a mi mamá! Mi mamá vivía para mí y de pronto empezó a vivir para ese señor. Además, no era el papá que yo esperaba. Yo tenía una foto de mi papá cuando era marino, muy buenmozo, muy joven, y ese señor había perdido la mitad del pelo, tenía muchos años. Yo también me sentí defraudado. Tuvimos una mutua decepción, que imposibilitó tremendamente la relación entre los dos.

“Ahora, ¿quieres que te diga una cosa? Tal vez sin mi padre yo no hubiera conocido la vida de verdad, quizás yo hubiera vivido –como vive todavía mucha gente– en una irrealidad, sobreprotegido, en una burbuja que no tenía nada que ver con el mundo real. Mi padre hizo que entrara en el Leoncio Prado, por ejemplo. Eso es algo que, aunque yo sufrí la experiencia, ahora lo agradezco. Sin el Leoncio Prado, yo no hubiera conocido el Perú: allí yo descubrí que la realidad peruana no era una realidad de niños bien, de pituquitos miraflorinos, sino una extremadamente compleja, de blancos, de negros, de indios, de chinos, que había pobres, que había ricos, y todo eso que puede llegar a ser muy traumático en un momento dado, fue extraordinariamente instructivo. Ahí (me) mostró la vida de verdad, el país de verdad y, además, me dio el tema de mi primera novela, o sea que, imagínate, cómo no voy a estar agradecido de esa experiencia.


Por: Beto Ortiz, desde Lima   

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