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Jueves, 17 de Mayo 2012

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El arte de la fiesta

Cada versión demuestra que aquí se transan, también, diversiones y vanidades, ya que es, al final de cuentas, una feria inolvidable a la que todos quieren asistir.

Quiere saber qué tan decadente estuvo Art Basel Miami Beach este año? Durante la fiesta de reinauguración del Hotel Shelbourne en Collins Avenue, frente a más de trescientos invitados, una mujer –nadie sabe si demasiado feliz o demasiado borracha–, decidió desprenderse de toda su ropa, hacer alarde de sus partes más íntimas, y finalmente lanzarse la piscina.

Bacanales como éstas no son extrañas en la que muchos consideran la feria de arte contemporáneo más importante de Estados Unidos. Es cierto que durante el día la escena es muy seria, con artistas, coleccionistas, dealers y curadores paseándose con el entrecejo fruncido, estudiando las obras expuestas, discutiendo un Damien Hirst por acá o un Tracey Emim por allá, y cerrando millonarios negocios en sus iPhones antes de abordar una vez más sus SUV negros con chofer para dirigirse a otra reunión, otra galería, otro aletargado almuerzo en la terraza de algún magnate interesado en adquirir una nueva escultura.

De noche la cosa cambia. A diferencia de Art Basel en Basilea, Suiza, en la feria de Miami el arte llega acompañado de fiestas, cientos de celebridades y un interminable bar que continúa abierto hasta el amanecer.

“Todo se ve más elegante ahora; hay menos gente rara”, comentó Cecilia Dean durante la fiesta que organizó Visionaire –la revista que ella dirige junto a Stephen Gan– al borde de la piscina del Hotel Delano. La chic editora probablemente se refería a la experiencia de años anteriores, cuando un simple pase de prensa o tarjeta VIP parecía capaz de abrir cualquier puerta, y ni siquiera Larry Gagosian, Sofía Coppola o Julian Schnabel podían acercarse a un bar sin lidiar con una vociferante y sedienta multitud de anónimos fiesteros.

No señor. Este décimo aniversario de Art Basel, fue el de la exclusividad y, por lo tanto, de la exclusión. Mientras el resto devoraba sus pasteles al borde de la playa, en algún evento clase B con un vodka clase C como principal patrocinador, las verdaderas María Antonieta de esta historia permanecían refugiadas en los más enrarecidos salones de Miami, celebrándose unas a otras con champagne Cristal y ostras.

Daphne Guinness, por ejemplo, se instaló en la terraza del Soho House Miami Beach una noche para celebrar el futuro lanzamiento de su propia colección de maquillaje para MAC, una empresa que, obviamente, para ella es más artística que comercial. A su lado estuvieron China Chow, Bettina Prentice; el presidente de Estée Lauder Companies, John Demsey; el diseñador Yigal Azrouel y su novia, Laura Vidrequin, y el fotógrafo de modas Miles Aldridge, que sugirió que toda la fiesta se trasladara después al restaurante Casa Tua, a solo unas cuadras de distancia, donde esa misma noche inauguró una exhibición de sus imágenes.
“Mucha gente piensa que soy una extraterrestre”, confesó Daphne a una reportera de Women’s Wear Daily en un rincón del bar, refiriéndose, probablemente, a sus extravagantes atuendos que incluyen a menudo telas metálicas, gigantescas hombreras y zapatos con plataformas de veinte centímetros. “Lo entiendo, pero a veces me miran como si hablara chino”.
El arte de la fiesta

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Influencias

¿Qué hora es? ¿Las dos de la mañana? Momento justo entonces para dirigirse a Le Barón, el famoso nightclub parisino que una vez más llegó a Miami Beach durante esta semana para instalarse en dos locaciones diferentes: el Florida Room del Hotel Delano –favorito de coleccionistas y sus novias trofeo– y el sótano del Shelbourne, preferido por artistas bohemios y emergentes, cuyas obras obtienen menos de un millón de dólares en subastas. Andre Saraiva, propietario del club, es el monarca indiscutido de Art Basel en el período que va entre las dos y las seis de la mañana, pero pierde buena parte de su influencia cuando llega la hora del desayuno.

Derek Blasberg, el cronista social y “walker” más importante de su generación, asistió a la comida “privada” –si no ve la palabra “privada” en su invitación, no se dé la molestia de salir de su cama; no vale la pena– que la revista VMan ofreció en el segundo piso de la exclusiva tienda The Webster. El fotógrafo Bruce Weber estuvo ahí, y la actriz Gina Gershon, y la socialité británica lady Victoria Hervey, y el dúo de diseñadores Dean y Dan Caten, responsable de la marca “DSquared”, y como diría Noel Coward, “todos lo pasaron maravilloso”.
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La revista Interview y el Museo Andy Warhol organizaron su propia celebración en el Standard Hotel con Joseph Altuzarra, Jefferson Hack y Christopher Bollen entre los asistentes. La boutique The Alchemis, ubicada en un ultra trendy garaje –sí, garaje– de Lincoln Road diseñado por Herzog y de Meuron, festejó a la artista Marina Abramovich con el fotógrafo Todd Selby, la modelo Erin Wasson y la actriz Tilda Swinton en la lista de invitados. Catherine Zeta-Jones y Michael Douglas asistieron a la comida organizada por el coleccionista Aby Rose y su mujer, Samantha Boardman, en The Dutch. Roberto Cavalli y Paris y Nicky Hilton celebraron con Dom Perignon en The Wall. La modelo de Victoria’s Secret, Ana Beatriz Barros, estuvo en “Culo by Mazzucco Party”, junto a Will Smith, Timbaland y Sean “P. Diddy” Combs. El príncipe del hip hop y del “bling bling” incluyó ahora en su numeroso “entourage” a un “asesor de arte” que le aconsejó, entre otras cosas, adquirir una escultura de Tracy Emim por 75 mil dólares. Una ganga, si se considera que una escultura de Damien Hirst se vendió en dos millones de dólares, y otra de Paul McCarthy –un enano de “Blancanieves”– en 950 mil dólares.

Ivana Trump apareció, vestida y peinada como si en el mundo no hubiera sucedido nada desde 1995, en la fiesta “privada” –otra vez la palabrita aquella– ofrecida por Philips de Pury. Dasha Zhukova, la princesa regente del arte contemporáneo ruso, y Wendi Murdoch, la joven y atractiva mujer de Rupert Murdoch, fueron las principales invitadas a la fiesta de Louis Vuitton, donde también estuvieron presentes Adrien Brody y Naomi Campbell. Y Christian Dior montó un “pop up shop”–una boutique temporal– que fue inaugurado en una exclusiva fiesta con Zaha Hadid y Delphine Arnault como invitadas.
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¿Cansado? No nos culpe si la lista es larga. Es cierto que tanto nombre podría agobiar hasta al más entusiasta trepador social –y de esos en Art Basel, hay millones–, pero en este caso es necesaria, porque sirve para confirmar que esta feria de arte es también una feria de diversión, una feria de vanidades y, al final de cuentas, una feria inolvidable a la que todos quieren asistir.
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