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  • Sábado, 31 de Julio 2010

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Barack y Michelle Obama

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La luna de miel continúa

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La Casa Blanca dio a entender que cualquier celebración de los 100 días de gobierno de Barack Obama no era más que una fabricación de la prensa, un evento arbitrario e inútil considerando que, para efectos prácticos, el día 100 no es muy distinto al 99 o al 101. El Presidente, dijeron sus asesores, estaba más concentrado en su trabajo que en cualquier conmemoración.
Puede que sea así, pero el miércoles pasado, cuando el calendario marcó la esperada fecha, Obama se dio tiempo para aparecer en una nueva conferencia de prensa transmitida en vivo por las cadenas más importantes del país y, con un ánimo que sólo puede ser descrito como de celebración, emitió fotos "privadas" de él y su familia. Las imágenes, captadas por el fotógrafo oficial de Obama, Peter Souza, y disponibles en el sitio web de la Casa Blanca, muestran al Presidente desde la gloriosa noche de su gala inaugural, ajustando su corbata en el ascensor, cubriendo a su mujer con su chaqueta en un momento de absoluta intimidad, hasta en importantes reuniones con miembros de su gabinete o mandatarios extranjeros.
Hay fotos solemnes, como la de Obama a solas en el teléfono del Salón Oval, y otras divertidas, como cuando el Presidente juega a esconderse debajo de su escritorio, como lo hizo una vez John Kennedy Jr., mientras Caroline Kennedy sonríe junto a él. Hay fotos de Michelle Obama, por supuesto, y algunas de las hijas de la pareja. Y al revisar el centenar de imágenes es imposible no darse cuenta de que éstas han sido cuidadosamente captadas y editadas para crear una leyenda.

Obama, que a los 47 años se siente absolutamente cómodo en la era de la información digital y que sabe que YouTube y Twitter son herramientas tan o más eficaces que "The New York Times" o NBC para transmitir su mensaje, es un Presidente extraordinariamente mediático. Su éxito en presentarse a sí mismo como un hombre abierto, solidario, empático, dispuesto al diálogo y buen padre de familia es tal, que las últimas encuestas han comenzado a mostrar una curiosa pero visible diferencia entre el mayoritario apoyo que los norteamericanos le dan a él como persona, y la desconfianza que aún crean sus políticas. No es el gobierno de Obama el popular, dicen los analistas, sino el propio Obama que ha extendido su luna de miel con el electorado mucho más de lo esperado.
Michelle Obama, por su parte, ha tenido tanto o más éxito que su marido para conseguir la simpatía de sus conciudadanos, logrando actualmente poco más de un 60 por ciento en las encuestas de popularidad, la cifra más alta de cualquier Primera Dama en los primeros 100 días en la Casa Blanca. ¿Cómo lo ha hecho? Midiendo sus palabras, escogiendo cuidadosamente sus actividades, planeando estratégicamente su guardarropas y, más que nada, controlando con mano de hierro la imagen que transmite en los medios de comunicación.
Según un artículo publicado hace unos días en "The New York Times", Michelle, a diferencia de todas sus antecesoras, no permite que ningún estilista o editor de modas se inmiscuya en lo que lucirá en cada sesión de fotos. En las portadas de "Vogue", "O", "People" o "Essence", la Primera Dama se muestra accesible, aterrizada, atlética y discretamente glamorosa. No hay nada en ella que intimide y, por el contrario, parece una mujer tan cálida como segura. Según artículos de prensa, algunos de sus amigos y colaboradores quisieran que la mujer independiente, inteligente y ambiciosa que conocen apareciera más a menudo en público, pero Michelle sabe bien que esas características no siempre son bienvenidas en su rol y ha decidido dejarlas por el momento en un segundo lugar. En cambio, prefiere aparecer maternal junto a sus hijas o las estudiantes de algún colegio; ecológica, plantando árboles el Día de la Tierra; eficiente, conversando con la reina Rania de Jordania en su propio Salón Oval, y elegante, en cada una de sus apariciones personales, donde combina desde piezas de bajo presupuesto de J Crew a diseñadores de vanguardia como Junya Watanabe o Jason Wu.
La suya es una imagen incompleta, pero ése es un vicio compartido por todas las imágenes públicas. "¿Por qué no hablan menos de su guardarropas o de sus brazos y más de su cerebro?", se quejan sus amigos. Pero esta decisión, más que de la prensa, ha sido de la propia Primera Dama. Su principal tarea por estos días no es provocar con su admirable intelecto, sino reunir fuerzas y simpatías alrededor de su marido.

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