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Jueves, 17 de Mayo 2012

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El regreso de la izquierda exquisita

Desde Nueva York

Susan Sarandon llegó con el puño en alto a solidarizar con los ocupantes de Wall Street. Alec Baldwin hizo lo mismo. Y hasta los socialités Derek Blasberg y Olivia Wilde asistieron a un muy chic "día de acción" en apoyo de los manifestantes.

Derek Blasberg, autor de los best-sellers “Classy” y “Very Classy” –dos guías básicas para la socialité contemporánea–, conocido cronista social, “walker” favorito de Lauren Santo Domingo y Margherita Missoni, y uno de los hombres más fotografiados de la vida nocturna neoyorquina, se abrió hace unas semanas paso por el pequeño ejército de publicistas y relacionadoras públicas instalado en las puertas del Bowery Hotel –favorito de Gwyneth Paltrow y Chris Martin cuando visitan la ciudad– e ingresó al enorme salón “shabby chic” donde un puñado de actores, socialités y modelos celebraba un “día de acción” con los manifestantes de Occupy Wall Street.

¿Uh?, se estará preguntando usted.
Más de cuatro décadas después de que Tom Wolfe revelara con inigualable humor, inteligencia y cinismo las contradicciones que a veces existen entre la “conciencia social” y la “vida social” en su artículo “Radical Chic” –donde relata la historia de un cocktail organizado por Leonard y Felicia Bernstein en su fabuloso penthouse de Park Avenue para apoyar las protestas de los “Panteras Negras” en los años 70–, la ciudad vuelve a enfrentar un dilema parecido, con algunas conocidas y muy privilegiadas celebridades llamando, copa de champagne en mano, a “una mayor justicia social”.
El regreso de la izquierda exquisita

Antes de juzgar a nadie, por supuesto, debemos reconocer que un salario anual de siete u ocho ceros y la aparición constante en las páginas sociales de Vogue, Vanity Fair y The New York Times, no son necesariamente un obstáculo para compartir, al menos en forma abstracta, el dolor y la frustración de tantos. Kanye West, por ejemplo, fue uno de los primeros en llegar a Zucotti Park, en Wall Street, a mostrar su apoyo a los manifestantes instalados en improvisadas carpas y cajas de cartón, y lo hizo, como luego informaron numerosos periódicos y blogs, con el puño en alto, una cara de seria, preocupación y un simple guardarropa avaluado en poco más de 30 mil dólares, incluyendo jeans de Balmain, camisa escocesa de Givenchy y un Rolex de oro de 23 mil 500 dólares.
A su lado estuvo Russell Simmons, el magnate de la moda y el hip-hop, ex marido de la modelo y ávida coleccionista de zapatos, Kimora Lee Simmons, y propietario de una fortuna avaluada en 325 millones de dólares. Russell explicó ese día que las cosas habían llegado a un punto crítico, que era hora de que “la gente” fuera escuchada y que los políticos de Washington, hasta el momento presionados por los lobbys, comenzaran a legislar para los ciudadanos y no para las corporaciones.
Alec Baldwin, que llegó unos días después a Zucotti Park, está de acuerdo, igual que Susan Sarandon, Roseanne Barr y Michael Moore, que también aparecieron en la punta sur de Manhattan para sumarse, al menos por un rato, al autodenominado “99 por ciento”.
El regreso de la izquierda exquisita

En una columna en el New York Times, el brillante periodista Frank Bruni llamó la atención sobre la contradicción que la presencia de estos famosos creaba dentro del movimiento, considerando que con sus sueldos de cinco millones de dólares por película, sus townhouses en la mejor cuadra del West Village, sus propiedades en Malibú y los Hamptons, y todos los privilegios que por estos días acarrea la celebridad, personas como Baldwin o la Sarandon “ni siquiera pertenecen al 99.5 por ciento”.

El fastidio que las estrellas sienten frente a estas críticas es evidente, en ocasiones justificado, y está perfectamente ejemplificado en Barbra Streisand, que durante décadas ha alegado que antes que cantante multiplatino, actriz ganadora de varios Oscar, Grammy y Tony, directora, productora, coleccionista de art deco y entusiasta criadora de rosas, es, más que nada, una simple ciudadana, y como tal tiene derecho a dar su opinión y apoyar las causas que le dé la gana. A diferencia de la nueva generación de Hollywood, sin embargo, Barbra nunca tuvo que dar explicaciones sobre su considerable fortuna. Nadie necesita revisar su cuenta bancaria para saber que ella es, a mucha honra, una multimillonaria.

Pero el exceso de dinero se ha convertido últimamente no solo en una fuente de ocasional envidia, sino en un lastre público, un pecado que debe ser ocultado a toda costa, no vaya a ser que alguien sospeche, horror de horrores, que uno pertenece al muy despreciado uno por ciento.
“No pertenezco al uno por ciento. No voy a dar explicaciones, pero no soy parte de ese grupo. Y aun si lo fuera, no tiene importancia. Este no es un problema del 99 por ciento, sino del 100 por ciento”, explicó algo ansioso Penn Badgley, estrella de la serie “Gossip Girl”, que fue uno de los organizadores de la fiesta en el Bowery Hotel. Su novia, Zoe Kravitz, actriz, modelo o socialité dependiendo del día y su estado ánimo, y más conocida como la hija de Lenny Kravitz, también estaba ahí. Y –ya lo adivinó– ella tampoco pertenece al uno por ciento.

La fiesta, desde el punto de vista de la lista de invitados y la atención periodística, fue sin duda un éxito. Aun así, Richard Muhammed, uno de los organizadores de Occupy Wall Street, se mostró poco agradecido y le dijo a una periodista del sitio Salon que se sentía “en una fiesta de Hollywood”, que “los artistas de hoy no tienen ninguna conciencia y culturalmente son muy, muy vanos. Si eres artista, deberías ser un revolucionario”, agregó. “Ya no tenemos artistas revolucionarios”.
El regreso de la izquierda exquisita

El regreso de la izquierda exquisita

¿En quién estaba pensando Muhammed? ¿En la fashionista británica convertida en animadora de MTV, Alexa Chung, una de las “it girls” más populares de Inglaterra que esa noche llegó luciendo un adorable abrigo negro de Burberry? ¿En Olivia Wilde, la bellísima starlet que en una de esas paradojas que solo ocurren en el territorio del “radical chic”, terminó en el bar junto a la anciana Dorli Rainey, ahora famosa por ser rociada con gas lacrimógeno por la policía de Seattle durante una violenta protesta? ¿O quizás pensaba en Daphne Guinness, heredera de una de las fortunas más grandes de Europa, ex mujer de Spiros Niarchos y una de las coleccionistas de alta costura más importantes del mundo, que en esta ocasión se sentó en los mullidos sofás de terciopelo del Bowery Hotel para conversar con Salman Rushdie sobre “la falta de protesta política en la América de la última década”, como informó luego el blog de la revista Elle?

El ídolo del hip-hop, Mos Def, subió en un momento a un improvisado escenario para leer una carta dedicada a la “comunidad occupy” escrita por Mumia Abu-Jamal, el activista y Pantera Negra que hasta hoy permanece en prisión. Y minutos después una mujer de aproximadamente cuarenta años, representando a los manifestantes, habló sobre “la realidad de la pobreza en Estados Unidos”.

Para entonces, una famosa modelo ya había sido escuchada protestando de que “esto es demasiado largo ‘I’ts not Ok’”, Daphne Guinness había desaparecido en la noche montada en sus plataformas de veinte centímetros, y Zoe Kravitz, fumando en la vereda, conversaba con la reportera de Salon. “Hubo mucho cinismo cuando comenzamos a hablar de este evento”, concedió. “Hubo mucha gente que nos dijo, ¿quién quiere escuchar a un puñado de hipsters ricos hablando sobre Occupy Wall Street? Pero esa no es la respuesta. Quizás no tenemos una respuesta, pero sabemos que esa no es. Este es un sitio donde hay que dejar el cinismo en el guardarropía. Si queremos cambiar las cosas, debemos hacer más eventos como este. Quizás la gente venga, o quizás no. Pero me parece que ver a personas conectándose a un nivel humano es lo más importante. Este no es un problema financiero; es un problema humano”, concluyó. Y dicho eso, lanzó la colilla de su cigarrillo al piso y encumbrada en los tacos de sus delicadas sandalias volvió a dirigirse al bar para pedir otro de esos deliciosos vodka & tonic de 14 dólares.




Por: Manuel Santelices, corresponsal

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