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Jueves, 17 de Mayo 2012

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Adopción

Catalina Garcés y su esposo William Wood, llevaban casados más de cinco años cuando decidieron tener un hijo. Habían dedicado los primeros años de matrimonio a consolidarse como pareja e impulsar sus carreras.

Seres que se buscan y se encuentran

Esta es una de las historias de amor más auténticas y profundas. Historias de hijos sin padres y de padres sin hijos, que al unirse convierten al dolor en alegría y a la ausencia en felicidad. Catalina, madre de Peter y Camila y Véronica hija de Lola y Rodrigo, nos contarán cómo la adopción cambió sus vidas para siempre.

Madre por vocación
Catalina Garcés y su esposo William Wood, llevaban casados más de cinco años cuando decidieron tener un hijo. Habían dedicado los primeros años de matrimonio a consolidarse como pareja e impulsar sus carreras. William es exportador y Catalina, diseñadora de modas. Pero la espera se alargó, y por eso los Wood empezaron a visitar frecuentemente al ginecólogo y se sometieron a tratamientos de fertilización. Tras varios intentos fallidos por tener un embarazo exitoso, decidieron adoptar. “Llegamos a la conclusión de que Dios nos estaba diciendo que nosotros íbamos a ser padres por medio de la adopción y que ya no debíamos seguir forzando algo que no se daba de manera natural. En un principio mi esposo estaba un poco inseguro en dar este paso, pero al verme tan ilusionada, me apoyó” cuenta Catalina.
Entonces iniciaron los trámites respectivos. Su hijo mayor Peter fue adoptado en Europa y su hija Camila en Ecuador. En ambos casos, los procedimientos fueron similares. Una trabajadora social les hizo estudios de hogar, se les realizó estudios sicológicos, ellos presentaron referencias personales y documentación que respaldaba su solvencia económica y que comprobaba que estaban capacitados para adoptar y educar a sus hijos con amor y estabilidad. Los procesos siguieron su curso, hasta que los niños les fueron entregados.
Adopción

El trámite de la adopción se parece a un parto… a veces más fácil… otras veces más intenso, pero igualmente cruciales en la vida de una mujer. Esa espera termina en el momento en que a la madre finalmente le es entregada esa criatura pequeña con quien ha soñado por mucho tiempo. En adelante el reto –para ambas madres- es exactamente el mismo: hacer de esas personitas, hombres y mujeres de bien, seres humanos felices.
Como sucede con la gestación, el encuentro entre padres e hijos adoptivos es un proceso paulatino. Necesitan adaptarse mutuamente. Antes de que la pareja pueda llevarse al bebé, tienen que visitarlo varias veces y que él o ella los vayan conociendo y reconociendo. Son encuentros cada vez más frecuentes y más largos, hasta que llegue la hora de que todos vayan a casa. Catalina recuerda esos dos momentos vívidamente. “Nunca olvidaré la primera noche que Peter pasó con nosotros, yo no podía dormir, sólo me pasé contemplándolo en su cunita me parecía mentira tenerlo conmigo, era como un milagro después de tantos años de espera. Con Camila fue amor a primera vista cuando la conocimos. El día que llegó a casa, mi hijo estaba feliz con su hermanita y por supuesto nosotros“.
William, Catalina, Peter y Camila se fueron convirtiendo en una familia. Día a día, vivencia a vivencia y cariño tras cariño. “El amor se fue haciendo cada vez mas fuerte. Nuestros hijos son para nosotros lo más importante que Dios nos ha dado en esta vida, la cual sería muy vacía y triste sin ellos”. Abuelos, tíos y primos también se unieron a esa felicidad, organizando fiestas de bienvenida y queriendo a los bebés.
Hoy esos bebés crecieron. Peter tiene trece años, le gusta la música, el cine y le fascinan los automóviles, sabe mucho sobre marcas y modelos. De su madre ha adquirido esa visión estética del vestuario y le gusta comer lo mismo que ella. Camila tiene seis años; es activa, independiente, colaboradora y entusiasta. Peter y Camila son hermanos y como tales, ríen y lloran juntos, pelean, juegan y se protegen mutuamente. Son chicos que aman y son amados. Es decir, sus padres están cumpliendo el objetivo que persiguieron cuando optaron por la adopción. Con sabiduría y tiempo han derribado los mitos que circundan a este tema. Que es mejor no contarles la verdad, que los niños adoptados vienen con traumas emocionales que tarde o temprano se manifiestan, que vivirán añorando a sus padres biológicos y que tarde o temprano, querrán volver con ellos.
Que la relación filial nunca será igual si crecieran con los padres biológicos porque el cariño nunca será igual.
El amor y el respeto es la respuesta. A William y Catalina, también les rondaron esas dudas alguna vez. Ahora tienen certezas: “Para nuestros hijos no es un secreto el que sean adoptados, no hay nada oculto ni oscuro, al contrario su historia está llena de luz, amor y bendiciones”. Y es que el secreto del éxito en la adopción es que haya claridad y transparencia, porque un niño adoptado no tiene que ser visto como aquel que no pudo –por diversos motivos- ser criados por sus verdaderos padres. El niño adoptado es un niño profundamente deseado por alguien que se siente en capacidad de educar y amar a esa personita. Ocultar es mentir y dejar de valorar el hecho de que son niños esperados, porque tan triste puede ser un hijo sin padres, como unos padres sin hijos. Resultaría absurdo competir o sentirse amenazados por el cariño de padres biológicos, porque el amor de padres hacia hijos y de hijos hacia padres, no surge cuando un bebé nace. Ese amor inquebrantable no viene con la consanguinidad ni el parentesco. Ese amor se construye todos los días. Cuando el bebé se lastima jugando y la madre lo consuela. Cuando el papá le enseña a nadar. Cuando se convierten en oídos para escuchar sus problemas, cuando se vuelven cómplices de sus primeros amores, cuando apoyan sus sueños o cuando perdonan sus errores. Más todavía, cuando establecen límites y pese a ello, entienden que los aman. Cuando les explican qué está bien y qué está mal. Eso es ser verdaderamente padre o madre de alguien.
“Para las parejas que están pensando adoptar, sólo puedo decirles que no se pierdan de la experiencia más maravillosa que un ser humano puede tener. Es igual o más sublime que tener un hijo de manera natural, porque es un amor que crece no en el útero, sino en el corazón” dice Catalina.

Hija por Elección
Verónica Troya representa el otro lado de la moneda… fue elegida. Hace más de treinta años, un par de padres –Lola Ricaurte y Rodrigo Troya- la escogieron a ella, para que fuera su hija.
Hoy, a sus treinta y dos años, Verónica tiene un hogar cimentado. Sus dos hijas son Ana Paola de 11 años y Alegría de 2. Está casada –desde hace 5 años- con Diego Miño, es licenciada en educación parvularia y fisioterapia, trabaja con niños pequeños en una institución educativa y también rehabilita niños con discapacidad motora.
Siempre supo que era adoptada, pues su mamá le decía que no había nacido de su vientre, sino de su corazón, y esa explicación le bastó para sentirse una niña querida. Fue en la adolescencia cuando dimensionó lo que eso significaba y entonces llegó la angustia. “La cabeza se me llenó de preguntas, pero en mi familia el tema de la adopción se ha llevado siempre de una manera muy transparente, sin ningún misterio y con mucha comprensión por parte de mis padres. Eso ha permitido sentirme amada, tranquila y no preocuparme, ni indagar más en el asunto”.
No sólo se trata de que la familia maneje el tema con sabiduría, sino también la sociedad en la que el niño vive. “Nunca tuve problemas en el colegio ni con mis amigos. Mi mamá en la primera reunión de padres de familia, alzó la mano y al darle la palabra, ella muy orgullosa contó que yo era una niña adoptada y nunca mis amigos me interrogaron, nunca me sentí diferente, al contrario las amistades que tengo desde la infancia son las que hoy me acompañan en todos mis momentos”, cuenta Verónica.
Esa transparencia hizo que todo sea más fácil. Vero tuvo una infancia y una adolescencia felices. “Mi infancia fue muy chévere, me divertía mucho durante las vacaciones; cuando se terminaba el colegio mi mamá alistaba las maletas y todo ese tiempo pasábamos en una hacienda en Cotacachi junto a mis tías y mis primos y ahí en ese lugar mágico cosechábamos alfalfa, ordeñábamos a las vacas, montábamos caballos, jugábamos a la casita en el huerto, saltábamos soga, jugábamos a los países, en fin disfruté mucho. En mi adolescencia tuve varias fiestas de quince años y para cada una de ellas, mi mamá me arreglaba como una princesa. Con mis amigas siempre íbamos juntas a todo, al cine, a comer, a montar bici, los viernes después del colegio casi siempre habían planes… fueron épocas cheverísimas” recuerda.
Rodrigo y Lola no podían tener hijos, así que recurrieron a esta alternativa. Adoptaron 6 hijos. “Mi mamá me cuenta que yo llegué en un tiempo emocionalmente muy difícil para ellos, pues mi hermana mayor había fallecido y yo fui la chispita de alegría que prendió los motores de sus vidas nuevamente. Luego de mi llegada, vinieron cuatro hermanos más; de los últimos recuerdo muy claramente cuando llegaron, fueron momentos de mucha alegría y amor”.
Los Troya-Ricaurte son una familia sólida y feliz. Han disfrutado de esos pequeños momentos de la vida y han sido solidarios en tiempos difíciles. En la familia se han inculcado valores: “tolerancia, respeto, solidaridad, confianza, cortesía y sinceridad; son valores que he aprendido y que enseño en mi hogar y en mi trabajo con niños con discapacidades” enfatiza Vero, y considera que no habría ninguna diferencia si sus papis fueran realmente sus padres biológicos, de hecho confiesa que ella y sus hermanos han heredado gestos o rasgos de Rodrigo y Lola, al punto que a veces la gente, encuentra parecidos físicos.
Verónica siempre se ha sentido querida, pero la prueba de amor más grande que ha recibido de sus padres, vino en la época de su primer embarazo. “Estaba sola, pero mis padres estuvieron ahí conmigo dándome valor, cariño y seguridad. Mi mamá vivió conmigo todo el embarazo, con ella iba a los chequeos médicos, al monitoreo del bebé, y estuvo conmigo en la sala de partos. Mi papá preocupado de mi salud, de que me alimente bien, de que no esté triste y durante las contracciones fue él quien se puso nervioso y no sabía cómo reaccionar. Fue una época difícil que sin ellos no hubiera podido llegar donde estoy ahora” recuerda. Hoy Rodrigo y Lola, son también abuelos ejemplares que disfrutan de todas las etapas de sus nietas.
La adopción es para aquellas personas que no temen dar en abundancia, que aman sin límites. Es para mujeres con cuerpos que no pudieron procrear pero que sus corazones han sido fecundos. Y que junto a ellas, están hombres valientes, que al igual que sus mujeres, buscan la dicha del abrazo de un hijo. El amor no se hereda, se construye: Catalina y William, Peter y Camila, Lola y Rodrigo, Verónica y sus hermanos, pueden dar fe de ello.

Texto: María Eulalia Silva. Quito. Producción: Cristina Noboa. Fotos: Soledad Rosales. Guayaquil. Producción: Alexis Guerrero. Fotos: Joshua Degel.

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