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Creo que no hay mejor laboratorio de ensayo para un interiorista que su propia casa, libre de cualquier cuestionamiento estético y especificaciones que remitan a la sensibilidad y el alma de terceros (los llamados clientes). Decir que no existe un punto de partida es una falacia; existen varios. En la entrega que ustedes están disfrutando, éstos van desde la tensión creativa y el drama que me producen los nuevos decoradores de la costa californiana, Kelly Wearstler y sus espectaculares proyectos, pasando por el consciente buscado uso del off-white, y la compra de dos espejos firmados Christopher Guy que me obligaron a cerrar un ventanal por un tema de protagonismo. Entre otros.
El arte de lo inesperado, esa decoración llena de guiños que nos hace masticarla como si de un libro o guión se tratara, ha sido una constante en la decoración de estos espacios: crear dos living donde hay espacio para uno solo, pudiendo transformar el más pequeño en exquisito comedor de bergeres altas para dos; adosar cabinets lacados contra ventanales de cortinas blancas sobre barras de acero inoxidable (lo más chic del momento), desplegar rincones escenográficos enmarcados con cenefas y piernas duras, mesas Biedermeier y parte de mi colección de maquetas. Pero hay más. Como ese arrimo sacado de la colección de Hermès, fabricado como todos mis muebles por excelentes maestros chilenos. Y qué decir de las banquetas y pouffs otomanos con borlas, una alternativa elegantísima.
En cuanto a mi pieza, generoso al dejarla fotografiar no protegiendo cierta intimidad, grande, despejada y con una cama Ralph Lauren de cuatro postes con anillos de acero y respaldo doble de cuero natural estampado en cocodrilo.
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