El rostro que queremos borrar

Un reportaje sobre la homogeneización de los rostros y las claves para comprenderla

3
min lectura

Por: Martha Dubravcic Fotos: 123rf

La obsesión contemporánea por corregir, afinar, levantar y rejuvenecer el rostro no se detiene. ¿En qué momento queremos dejar de parecernos a nosotras mismas? Un reportaje sobre la homogeneización de los rostros y las claves para comprenderla.

Me miro al espejo y me dijo ¡cuanto he cambiado!: Hace unos años mis pómulos no resaltaban angulosos como hoy y estas líneas caprichosas son cada vez más visibles. Me veo mayor, es evidente el paso del tiempo, pero mi sonrisa no cambia, ni mi mirada. Sin embargo, Paula se mira en el espejo y esboza una sonrisa, luce más jóven, se ve mejor, quizá, pero se parece menos a sí misma y se pregunta ¿de quién es esta cara?

Ella empezó con pequeños retoques, no en busca de juventud, sino de perfección de rasgos bellos pero ajenos, sasgos que vio en otras personas y quería para ella. Poco a poco, una identidad soñada fue tomando posesión en su vida. Y ya no era un afán por verse mejor, sino un afán por querer parecerse a otra persona, a veces incluso, inexistente y solo imaginada.

DE CORREGIR UNA IMPERFECCIÓN A DISEÑAR UN ROSTRO

El ideal estético hasta hace unas décadas tenía que ver con corregir algún aspecto del rostro que incomodara. No había la voluntad de transformarse, sino de corregir la prominencia de una nariz, suavizar unas arrugas o un párpado desigualmente caído.

Poco a poco, la ciencia y el mercado de la estética avanzaron hasta ofrecer intervenciones más complejas para modificar labios, pómulos, mandíbula, cejas, mentón, piel, óvalo facial y mucho más. El rostro empezó a concebirse casi como un proyecto siempre "mejorable", siempre "modificable".

Entonces se encuentras frente a frente a dos ideas en pugna: para corregir no se debería transformar. Y no es que hablemos únicamente de los riesgos en la salud que conlleva las intervenciones invasivas o múltiples (varias intervenciones en la misma sesión), también hablamos de aspectos de identidad, de una psiquis que no se acepta, de alguien que no se encuentra en su propia imagen y se busca en imágenes de las redes sociales y peor ahora, en la IA.

BUSCAMOS TENER "LA MISMA CARA"

Basta exploramos las redes sociales de famosos, influencers e íconos de belleza, y veremos que todos empiezan a parecerse: cierta uniformidad en pómulos altos, labios voluminosos, nariz pequeña y definida, mandíbula marcada, cejas elevadas y pobladas, y piel casi sin textura.

¿Todas quieren lo mismo? Lo más probable es que en realidad estén atendiendo códigos y estándares de belleza aspiracional global, y que por eso tiendan a esta uniformidad. Pero aquí nos preguntamos por qué, si en otrora, la belleza apuntaba a una diferenciación, a ser única y excepcional. No sabemos la respuesta, pero sí podríamos especular que tememos que ser únicas y distintas porque serlo podría dejarnos fuera de escena, es mejor desarrollar la pertenencia y la aceptación compartiendo los mismos códigos de belleza y “atándonos” a ellos, aunque eso suponga diseccionar la identidad.

Como nunca antes, hoy existen innumerables posibilidades para transformar el rostro; sin embargo, la libertad para elegir es cada vez menor; todas apuntamos a los mismos rasgos. Detrás de ello, es posible que se aloje algo más profundo: la mirada propia empieza a construirse desde la mirada ajena.

EL ESPEJO ES LA PANTALLA

Ya no nos observamos únicamente en el espejo, sino a través de fotografías retocadas, filtros, redes sociales y comparaciones permanentes. Eso significa que si el espejo (nuestra propia imagen) era el referente de lo que podía no gustarnos y allí imaginábamos cómo nos gustaría ser, ahora los referentes están en otros lugares. Para ver cómo nos gustaría lucir basta con retocar un fotografía o pasarle un filtro; para ver cómo nos miran los demás, acudimos a los “ajustes del zoom” y ocurre la magia.

Entonces, esos referentes “irreales”, empiezan a convertirse en realidad y renegamos de la imagen que proyecta el espejo; nos gustamos mucho más desde lo que no somos (la foto retocada, la IA o el filtro). ¿Qué ocurre allí? ya no comparamos nuestro rostro únicamente con el de otras mujeres; ya no soñamos con tener el rostro de tal o cual famosa, sino que soñamos con el rostro genérico diseñado por la IA o digitalmente modificado.

EL ROSTRO CUENTA NUESTRA HISTORIA

Este aspecto no es algo menor. ¿Qué es lo que realmente estamos queriendo borrar del rostro, cuando decidimos modificarlo drásticamente? ¿Es posible intervenir y modificar sin empezar a borrar también su historia?

Pensemos en nuestro rostro de niñas, el de adolescentes, el de juventud y el de la madurez… No es solo una suma de rasgos que han ido cambiando con el paso del tiempo; es también una biografía. En él están la herencia familiar, rasgos de nuestra familia, los gestos que hemos repetido durante años y hasta ciertas huellas de nuestra manera de estar en el mundo. Nuestro rostro también cuenta quiénes hemos sido: gestos repetidos durante décadas, preocupaciones, maternidad, pérdidas, sol, emociones, edad…

Por eso, si decidimos intervenir en el rostro a través de una cirugía o de procedimientos estéticos, la intervención va más allá de lo visible. Estamos buscando modificar también nuestra historia, no necesariamente desde el rechazo. A veces, una corrección puede devolvernos la seguridad e la autoestima, y sentirnos más a gusto con nuestra imagen.

Cuando decimos que, al modificar el rostro, modificamos algo de nuestra historia, es porque quizás hay una arruga que se formó de tanto reír, o unos párpados que son como los de papá. Ahora bien, probablemente también al borrar una arruga lo que buscamos eliminar es lo que esa arruga nos recuerda; quizás hay miedo a la vejez, o búsqueda de pertenencia o aceptación. Profundizando más, cambiar rasgos que marcan el parecido a nuestros padres, abuelos o hermanos, podría cambiar también aquello que nos conecta con nuestra historia familiar.

Entonces ¿qué rasgos deberíamos corregir y cuáles no? Podemos corregir lo que nos incomode, siempre que genuinamente sea una misma quien decide. El problema aparece cuando el deseo de cambiar busca complacer a un modelo social que nos dice qué rasgos merecen permanecer y cuáles no.

LA ESTÉTICA IA

En tiempos de IA, esta inteligencia también se ha aliado a los esquemas de belleza para darnos el diagnóstico de lo que deberíamos transformar. A través de un prompt, mediante la tendencia Facial beauty report, la IA hace el estudio del rostro, identificando los puntos que podrían mejorarse, concluyendo con una suerte de métrica que evalúa simetría facial, proporciones, aspecto de la piel, entre otros rasgos. Desde la psicología, la profesional Alejandra Rus Cuadrado, citada en un artículo de Mar Carmena, de el-pais.com, ha alertado que esta conducta “puede influir significativamente en la salud mental, ya que transforma la belleza en una puntuación y favorece la autoobservación excesiva, la vigilancia corporal constante y la comparación social más rígida y cuantificada”.

Los sesgos de la IA podrían estar alimentando una suerte de violencia estética. La IA recoge datos y los sistematiza; esos datos no son objetivos ni reales, responden a voces, estudios, información que un grupo de personas ha depositado en ella, por lo que circula con sesgos culturales en la mayoría de los casos. Entregar la interpretación de nuestro aspecto físico es un riesgo real, pues esto puede tornar frágil nuestra autopercepción.

El artículo de El País comparte también la percepción de la especialista Nuria Oliver, que destaca la urgencia de “una regulación clara con este tipo de herramientas para evitar que la próxima generación de mujeres crezca con la idea de que su cara es un problema que necesita ser corregido por un algoritmo”.

DE REGRESO A LA IMAGEN PROPIA

No se trata de rechazar la belleza ni de demonizar la estética; menos aún de asumir que la medicina estética significa, de suyo, un rechazo a sí misma. No se trata de conformarnos si algún detalle de nuestro aspecto nos incomoda. Se tata de cuidarse, de sentirse bien y de decidir libremente.

Entonces, podremos superar el dilema ético de intervenirse o no, de modificarse o no. El dilema ético debería situarse en la pregunta: ¿estás eligiendo por ti libremente o estás intentando alcanzar un rostro que alguien decidió que era bello?

Y así, como en la vida, los ciclos nos retornan al inicio, así como la vorágine del mercado nos regresa a mirarnos a nosotros y a nuestra condición esencial, y esos son hoy por hoy los verdaderos “lujos” de la vida, quizás el lujo a futuro no sea tener un rostro perfecto, sino conservar el nuestro, aquello que nos hace diferentes. Esto, además de un lujo, podría incluso ser una inesperada forma de rebeldía. Pues el deseo de ser bellas ha existido desde siempre, lo nuevo es que buscamos parecernos cada vez más entre nosotras y menos a nuestra versión original.

‍

7 PREGUNTAS ANTES DE CAMBIAR TU ROSTRO

1. ¿Qué quiero cambiar?

2. ¿Desde cuándo me molesta?

3. ¿A quién quiero parecerme?

4. ¿Cómo me sentiría si nadie notara el cambio?

5. ¿Quiero verme mejor o quiero verme diferente?

6. ¿Hay un rostro genérico que considero bello y quisiera tener?

7. ¿Dónde lo vi? (¿en alguien real, en muchas personas, en un famoso, en la IA?)

‍

‍

‍

No items found.
No items found.
Artículos relacionados

Porque Ecuador, tú lo vales: así fue la llegada de L’Oréal Paris Makeup

La marca presentó oficialmente su línea de maquillaje en Ecuador con una experiencia en PalmaPolo Club, donde las invita

COREA impone el nuevo estándar de belleza

El legado que llegó desde Asia a Occidente

Sweet Bride Beauty Studio: belleza que conserva la esencia

El estudio ecuatoriano fue reconocido por los Latin American Wedding & MICE Awards como Mejor Makeup Artist para Bodas.

Alexandra Leclerc y rhode se unen por primera vez en una colección de edición limitada

Hay colaboraciones que parecen estar destinadas a suceder.

EN EL VERANO ¡Cuidado con las infecciones!

Llega el verano, con su calor, la piscina y la playa, pero también la cistitis con su infección urinaria