La nostalgia del Oscar EL CINE NO ES LO QUE ERA ANTES

Hace 30 años, los Oscar funcionaban como una autoridad central.

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Por: María José Troya / Fotos: Getty Images

Fue el 23 de marzo de 1998, cuando la industria del cine alcanzó uno de sus momentos más cohesionados. La 70th Academy Awards reunió aproximadamente 57,25 millones de espectadores en Estados Unidos, la mayor audiencia en su historia. La ceremonia estuvo dominada por Titanic, que obtuvo once premios. Fue la manifestación de un sistema cultural alineado y que hoy se quiebra ante nuevos esquemas y mediciones.

Hace 30 años, los Oscar funcionaban como una autoridad central. No solo reconocían la excelencia dentro de la industria, sino que también amplificaban el alcance de las películas premiadas. La televisión abierta, que aún concentraba audiencias masivas, convertía la ceremonia en un evento global compartido. A finales de los años noventa y comienzos de los 2000, las cifras eran consistentes: la gala superaba con frecuencia los 40 millones de espectadores. En 2004, por ejemplo, cuando The Lord of the Rings: The Return of the King arrasó en la 76th Academy Awards con once premios, la audiencia se mantuvo en torno a los 43 millones.

Sin embargo, esa estabilidad ocultaba una transformación progresiva. A partir de mediados de los años 2000, las audiencias comenzaron a descender lentamente. El proceso no fue abrupto, lo que contribuyó a que pasara desapercibido en sus primeras fases. Durante varios años, la ceremonia siguió siendo uno de los programas más vistos de la televisión estadounidense, pero la tendencia ya estaba en marcha. En 2014, con una gala presentada por Ellen DeGeneres, los Oscar alcanzaron alrededor de 43 millones de espectadores, uno de los últimos grandes picos de la era moderna. Ese dato es relevante porque marca el final de una etapa: después de ese año, la caída se volvió más evidente.

El cambio más profundo no ocurrió únicamente dentro del cine, sino en el ecosistema mediático. La expansión del cable primero y del streaming después alteró los hábitos de consumo. Plataformas digitales ofrecieron contenido bajo demanda, eliminando la necesidad de seguir eventos largos en directo. La televisión dejó de ser el centro de la experiencia cultural compartida. En paralelo, la cultura misma se fragmentó. El público dejó de consumir las mismas películas al mismo tiempo, y el cine perdió su posición dominante frente a otras formas de entretenimiento.

En ese nuevo contexto, comenzó a hacerse evidente una desconexión entre las películas que el público veía y las que la Academia premiaba. En los años noventa era habitual que una película como Titanic dominara tanto la taquilla como los Oscar. Con el paso del tiempo, esa coincidencia se volvió cada vez más rara. El cine comercial se reorganizó en torno a franquicias de gran escala, impulsadas por estudios como Marvel Studios, mientras que la Academia continuó reconociendo producciones más pequeñas o de corte autoral. Esta separación redujo el incentivo del público general para seguir la ceremonia.

EL QUIEBRE: COVID- 19 Y STREAMING ABRUMADOR

El punto de ruptura llegó con la pandemia en 2020. La 93rd Academy Awards, celebrada el 25 de abril de 2021, registró aproximadamente 10,4 millones de espectadores en Estados Unidos, la cifra más baja en la historia moderna de la transmisión. Las salas de cine estaban cerradas o funcionando con restricciones, muchos estrenos se trasladaron directamente a plataformas digitales y la visibilidad de las películas nominadas se redujo considerablemente. La ceremonia, adaptada a las condiciones sanitarias, perdió además parte de su dimensión espectacular. La gran ganadora de esa noche fue Nomadland , dirigida por Chloé Zhao y protagonizada por Frances McDormand, una película ampliamente reconocida por la crítica pero con un alcance cultural mucho más limitado que los grandes éxitos de décadas anteriores.

Tras ese mínimo histórico, la audiencia experimentó una recuperación parcial, pero no un retorno a los niveles previos. En los años recientes, las cifras se han estabilizado en torno a los 19 o 20 millones de espectadores en Estados Unidos. Este nuevo ran- go representa aproximadamente un tercio de la audiencia que la ceremonia alcanzó en 1998. La estabilización sugiere que no se trata de una crisis pasajera, sino de una nueva realidad. Parte de esta transformación tiene que ver con la manera en que hoy se consumen los eventos. La lógica de la transmisión completa ha sido sustituida por la circulación de momentos aislados. Un ejemplo claro es el inci- dente entre Will Smith y Chris Rock durante la 94th Academy Awards en 2022. La escena se difundió globalmente en cuestión de minutos, independientemente de cuántas personas estaban viendo la ceremonia en directo. Dentro de la industria, el reconocimiento de la Academia sigue siendo una forma de validación entre pares. Ganar un premio continúa influyendo en la visibilidad de un actor, en la inanciación de proyectos y en la cir-culación internacional de una película. Sin embargo, ese prestigio ya no se traduce automáticamente en dominio cultural masivo ni en audiencias televisivas comparables a las de finales del siglo XX.

Los Oscar no han desaparecido ni han perdido completamente su relevancia. Lo que ha cambiado es su posición dentro del ecosistema cultural. De ser un evento dominante que organizaba la conversación global sobre el cine, han pasado a ser un símbolo de prestigio dentro de una industria mucho más amplia, diversa y descentralizada.

¿QUÉ PASABA ANTES?

Para entender por qué 1998 fue el punto máximo de los Oscar, hay que mirar lo que venía antes. En los 70, el cine vivía un momento excepcional. Las salas estaban en expansión, el mercado internacional crecía con fuerza y el sistema de estrellas seguía siendo central. A diferencia de hoy, donde las franquicias dominan, en los noventa los actores eran el principal motor de atracción. Un nombre podía abrir una película en todo el mundo. Figuras como Julia Roberts, Tom Cruise, Brad Pitt, Meg Ryan o Denzel Washington definían el mapa del cine comercial. Paralelamente, actores como Anthony Hopkins, Meryl Streep o Daniel Day-Lewis sostenían el prestigio artístico. Esa coexistencia —estrella y prestigio— era clave: los Oscar podían hablarle a ambos mundos al mismo tiempo. Sin embargo, había reconocimiento a carreras consolidadas. El cambio clave es el paso de televisión lineal a consumo bajo demanda. Plataformas como Netflix o Amazon cambiaron el hábito: ya no hay necesidad de sentarse tres horas frente a un evento en vivo. El problema no es el Oscar; es su formato.

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