

Por: Martha Dubravcic. Fotos: Getty Images, 123rf
Nos enseñaron a ignorar estos sentimientos, porque es de mal gusto y fuera de lugar no vivir el ritmo frenético de la fiesta navideña. Nos enseñaron a no rendirnos, a no detenernos, sino a seguir adelante. Así, para muchos la Navidad se ha convertido en semanas -e incluso meses- de estrés y desgaste emocional. A este fenómeno conocemos como “burnout navideño”.
Las comrpas, los regalos, las invitaciones , los outfits para cada evento, la comida, las recetas, las obras sociales, los eventos de oficina y los personales, los eventos de los niños... este sinfín de cosas a las que hay que prestar atención durante las últimas semanas del año está desplazando el sentido de la celebración navideña. De ser una temporada de unión familiar y de conexión espiritual pasa a ser un torbellino y una carrera de velocidad. y resistencia, que estamos obligados a sobrevivir.
Y no es que queramos romantizar la Navidad ni satanizar los rituales con los que el sistema y el mercado nos envuelven. Queremos solo abrir la reflexión para que diciembre no sea un sufrimiento disfrazado de fiesta, ni un estrés que nos haga perder de vista el sentido de la celebración. Queremos que el mirar de frente a este problema y dejar de ignorarlo nos permita cambiar el orden de las cosas, las prioridades y vivir mejor.
De lo contrario nada cambia, solo empeora, porque el ritmo de la vida se acelera, el mercado no perdona, tampoco las redes sociales, que nos hacen soñar y competir contagiándonos un modelo de felicidad navideña irreal, tan efímera como el paso de Papa Noel en su trineo y los renos que tiran de él. Y lo que viene, entonces, es un estado de agotamiento físico y emocional causado por el estrés y las exigencias de la temporada de fin de año y las fiestas.

EL PROBLEMA: LA NAVIDAD EMPIEZA EN SEPTIEMBRE
Ahora diciembre empieza en septiembre. Parece una frase sin sentido, pero es así. Lo que antes ocurría semanas antes de la Navidad hoy ocurre tres meses antes. El marketing ha descubierto la maravilla que significa adornar las vitrinas en septiembre, llenar las perchas de los supermercados con golosinas de la temporada, y que las ofertas para la cena y las reservas de restaurantes deban hacerse con meses de antelación.
Ni se diga los pasajes y hospedajes para viajar en época navideña, precios que suben como la espuma, y plataformas atiborradas de gente que siente el impulso de trasladarse de un lugar a otro porque Navidad es Navidad.
Entonces, en lugar de que el mercado saque partido durante un mes, ahora lo hace durante al menos tres meses. En octubre, nos sentimos tentados a comprar regalos, y en noviembre ya hemos gastado los ingresos de diciembre. A ello se suma el seductor mensaje de algunos comercios: compra ahora y paga a partir de febrero.

OTRO PROBLEMA: PRESIONES Y EXPECTATIVAS
El círculo social y el familiar se convierten en espacios que reproducen esquemas que nos atrapan, sin siquiera preguntarnos si estamos de acuerdo. Entonces se establecen pactos implícitos para participar en actividades que suenan gratificantes pero que resultan estresantes.
Muchas veces la presión afecta nuestro tiempo; nos obligamos a aumentar horas al día para cumplir con los eventos, lo que implica no solo asistir a ellos, sino también hacer las veces de anfitriones, comprar regalos, participar activa y alegremente; incluso comer y beber en exceso a veces se torna en obligatorio.
Este apremio también se expresa en lo económico. La época navideña, según estadísticas, es la temporada del año que más gastamos en artículos innecesarios. Asistir a todo y estar presente en todo supone, además de tiempo, un presupuesto. Invitar, ser anfitrión, lucir a la altura de la celebración, puede poner en aprietos nuestra planificación económica, pero la presión es aplastante y terminamos haciéndolo.
Otro aspecto que muchas veces resulta invisible, pero pesa y estresa es la presión simbólica. Los medios de comunicación y las redes sociales se han encargado de “fabricar” relatos de pertenencia, de felicidad y de estatus a través de las celebraciones y del consumo. Entonces ocurre que entramos en ese círculo y nos sentimos “fuera de” si no organizamos la cena de intercambio de regalos, si no pedimos en Amazon los regalos para todos, incluyendo familia lejana, amigos y vecinos; si no encargamos o preparamos las galletas con la decoración perfecta y el aroma a especias para regalar al mundo, si no tenemos los outfits necesarios para cada evento, donde somos evaluados por cómo nos vemos. Cumplir con las expectativas de los demás se convierte entonces en una fuerza que nos estruja y termina con nuestra estabilidad emocional.
OTROS FACTORES DE ESTRÉS
La navidad simboliza unión, reflexión y celebración, pero para muchos se ha convertido en época de escasez de vínculos y de soledad. Entonces, existen aspectos ajenos, que tienen que ver con el entorno y que alimentan el estrés y el sufrimiento, que en teoría no deberían tener cabida en esta temporada. La soledad es, como vemos, uno de esos. Pero también puede ser la pobreza o la limitación de recursos, situación que ubica a muchos como espectadores de una fiesta de la que no pueden participar, porque el mercado los excluye. Finalmente, a estos factores se une el clima. Los lugares extremadamente fríos suelen promover una emocionalidad diferente. El frío, la oscuridad y la escaza luz del día suelen impactar emocionalmente en nuestro ánimo y apagarlo, sobre todo si se combina con la soledad.
¿CÓMO NOS SENTIMOS?
Alerta con los síntomas. En esta época en que estar feliz es casi una sentencia, suelen aparecer síntomas de ansiedad, irritabilidad y falta de motivación. Es simplemente el resultado de la presión de cumplir con tantos frentes y tantas responsabilidades en un corto período de tiempo. El agotamiento es lo primero que suele aparecer y deberíamos prestarle atención. Si nuestra energía ha disminuido notablemente a la par de la motivación para ejecutar tareas, debemos indagar y no asumir que es un simple cansancio. El cansancio puede sentirse al final de un día muy agitado en actividad, pero el agotamiento extremo y la falta de ánimo para estar en el presente, eso es otra cosa, es un mal síntoma.
En segundo lugar, la irritabilidad aparece acompañada de ansiedad, esa fijación y angustia permanente por el futuro. Cualquier cosa nos hace perder la paciencia, cualquier detalle sirve de detonante para pelear, la sensibilidad está a flor de piel y explotar es cuestión de tiempo. Esta señal no es algo menor.
Luego, viene algo que generalmente cuestionamos, pero buscamos explicar a través de respuestas tranquilizadoras. ¿Por qué no disfruto de las celebraciones? ¿Por qué, aunque quiera y aunque todo parezca a punto para disfrutar, no consigo hacerlo? Esta pregunta silenciosa busca respuesta en frases como “es que ya he tenido muchos eventos”, “es que el cansancio”, “es que anoche no dormí bien”. Sin embargo, no es un tema de cansancio físico, sino una señal de que nuestra emocionalidad está violentada.
Por último, la sensación de estar abrumado por las responsabilidades también nos pasa factura. A veces preferimos ignorar este estado y simplemente prender nuestro piloto automático para continuar con la carrera. Sin embargo, la señal está allí, presente en todo, la sensación corporal no se va y, al contrario, nos va tomando.
¿Y ENTONCES?
Para combatir el burnout navideño es esencial planificar con antelación las tareas que debemos realizar, y entre ellas priorizar aquellas más importantes. Sin embargo, si hay algo que de verdad debemos priorizar es el autocuidado y la salud. Una buena planificación pasa por diseñar una agenda con prioridades claras, definir las tareas pequeñas y diferenciarlas de las grandes y más importantes. En la planificación es recomendable incluir la delegación, es decir dejar de pensar que debemos hacerlo todo nosotros mismos y aprender a pedir ayuda.
Establecer límites y metas realistas es otro aspecto a desarrollar. Poner límites significa poder decir “no” a aquello que consideramos que no nos suma o de lo que podemos prescindir. Por ejemplo, decir “no” a algunos eventos que nos pueden quitar tiempo y abrumar.
Proteger nuestro bienestar debería ser una regla y no una opción. Esto significa, priorizar el autocuidado: el descanso, el ejercicio, el buen sueño y la alimentación. Si cedemos espacio en estos aspectos la factura no tardará en llegar y ninguna celebración compensará lo perdido.
Conectar con lo positivo y desconectar de lo que nos hace daño. En el primer aspecto entran las amistades entrañables, la familia, el contacto con la naturaleza, un buen libro, etc. y en el segundo, las redes sociales, las personas tóxicas, el chisme, el ruido de los centros comerciales en horas pico, el tráfico, etc.
Por último, si arriba hablábamos de las causas que ocasionan el burnout navideño, es esencial atacar esas causas, sobre todo aquellas que tienen que ver con presiones externas. Por ejemplo, no hay por qué aceptar que la Navidad empiece con tres meses de antelación. Tampoco hay por qué ceder a la “obligatoriedad” en todos sus rostros: obligación de estar feliz, obligación de asistir a todo evento, obligación de comprar regalos costosos, obligación de organizar festejos, etc. Nada debe ser obligación, todo lo que hagamos debería ser pura y genuina celebración. Y si el clima y la soledad asechan, fortalecer la introspección y el mundo interior siempre hará más livianas las cosas, así como conectar y hacer vínculos sólidos, resultarán en el mejor y más cálido de los abrazos navideños, es decir, el mejor regalo de Navidad.
