

Por: Coté Jaramillo @cotejaramilloa / Fotos: Pablo Rodríguez
El experto estuvo de visita en Quito para dictar un masterclass y compartir una cata con los amantes del vino. Nos concedió una entrevista para poder descifrar –desde su experticia y pasión- los detalles de Gaja: una historia que va más allá del viñedo y que envuelve el proyecto de vida de una familia entregada a crear una experiencia como ninguna otra.

¿Cómo ves el desarrollo de la cultura del vino en Ecuador y Latinoamérica?
Veo que hay desarrollo, interés y, sobre todo, se está intentando crear cultura del vino. Eso para mí es siempre lo mejor. He visto interés por los vinos de Pie- monte, que son totalmente diferentes al background que tradicionalmente se toma aquí. Cuando vienes a Latinoamérica, la mayoría de la gente conoce los vinos españoles, chilenos y argentinos, que siguen siendo muy fuertes, pero también existe espacio para otros estilos. La gente se está abriendo a nuevos vinos y nuevas cepas, y eso me parece muy interesante. Sigue siendo un mercado bastante pequeño, pero siempre se empieza así.
Cuéntanos más de ti. ¿Cómo llegaste al mundo del vino?
Trabajo con la familia Gaja desde hace tres años. Nací en Alba y vivo a diez minutos de la bodega. Llegué al mundo del vino muy temprano. Cuan- do uno nace en Alba y crece en la zona, tiene acceso desde muy joven a este mundo. Por ejemplo, durante toda mi vida escolar tuve compañeros que tenían bodegas.
La feria del pueblo es una feria del vino y la gastronomía. El evento más importante de la ciudad es la feria de la trufa, que también está muy relacionada con esta industria. Empecé a trabajar en este mundo cuando entré a la universidad, a los 20 años. Después de hacer mi carrera en una bodega más pequeña, en una zona diferente y un poco más lejos de mi casa, me mudé a Londres durante cinco años. Hasta que Giovanni Gaja me llamó y me dijo: “Estoy en Londres, me han hablado de ti. Hagamos un desayuno juntos y vamos a ver quién eres”. Él se dio cuenta de que en la bodega hacía falta una persona que pudiera apoyar a todos los partners alrededor del mundo.
Gaja lleva 70 años presente en diferentes mercados, pero siempre ha sido una bodega familiar. Angelo viajaba, después entró su hija Gaia -la quinta generación- y posteriormente Giovanni, en 2018. Pero dos personas no pueden viajar a 120 mercados en todo el mundo. Entonces, la bodega necesitaba a alguien que fuera un expert manager: ir a los mercados del mundo, apoyar a nuestros aliados importadores, buscar oportunidades y conocer mejor cada mercado sobre el terreno. Tenemos proyectos agrícolas enormes que quizás no son tan fáciles de comunicar porque, sin una experiencia directa, es difícil explicarlos completamente.
¿Cómo se siente representar a Gaja fuera de Italia?
Tener presión por estas cosas es un privilegio. Cuando creces en Piemonte, tu objetivo es abrir una botella de Barbaresco de Gaja porque quieres llegar ahí. Si tomas esa botella, significa que hiciste algo que te permitió lograrlo: te creaste una buena carrera, desarrollaste una pasión y un conocimiento por los vinos, y quieres tomarlo porque fue el que dio visibilidad a nuestra zona en todo el mundo. Nosotros venimos de un lugar que nadie conocía. Es una zona de pobreza extrema, agrícola y donde el 85% de las empresas son familiares. Obviamente, tenemos tres industrias que nos dieron oportunidades, pero en realidad venimos de una zona que no tenía calles, luz ni agua.
Hoy tenemos la suerte y el privilegio de poder contar de dónde venimos. Eso también es parte de mi misión personal, porque para entender el vino hay que entender de dónde viene. Y en un lugar que se convirtió en un destino tan famoso, la gente se olvida lo que hay detrás.
¿Cómo es posible que los vinos de un pueblo de 630 personas estén tan lejos de casa? Porque hubo personas que pensaron de una manera totalmente diferente a las personas de su época. Como pasó con Angelo y como pasó con su padre, que tomaron decisiones que en ese momento parecían imposibles.
Gaja tiene 165 años de historia familiar. ¿Cómo haces para transmitir esa esencia por todo el mundo?
Es interesante porque, cuando estoy en la bodega tengo la suerte de pasar mucho tiempo con ellos. Siempre quiero absorber un poco de sus experiencias y conocimientos, de todo lo que cuentan a los clientes que nos visitan y a los partners con quienes nos reunimos. Además, estamos trabajando con una persona que tiene 86 años y que vio un cambio radical en el mundo del vino. Él fue quien cambió la mayoría de las cosas en nuestra zona. Trabajar con ellos es un privilegio. Cuando hacemos eventos o hablamos de nuestros vinos, hablamos de lo que hay detrás: qué hace que este tipo de vino, esta uva o este vino particular sea lo que es. Normalmente no le voy a contar a alguien lo que hay en la copa. Hablamos con profesionales, con clientes y también con personas que toman nuestros vinos y que ya tienen su propia idea. Mi trabajo no es cambiar su idea, mi trabajo es decirles lo que hay detrás. Intento replicar y transmitir una experiencia personal en cada visita.
¿Qué elementos de la filosofía de Gaja no han cambiado en estos 165 años y cuáles han sabido transformarse?
Lo que nunca cambió y nunca va a cambiar es la identidad de nuestra zona. El Nebbiolo, por ejemplo, en Piemonte, tiene una identidad única. Ahora tenemos cuatro bodegas, pero la idea de tener vinos que siempre nos digan de dónde vienen nunca ha cambiado y nunca va a cambiar. También está nuestra idea de trabajar con todas las cepas que plantamos, que son muy diferentes.
Lo que sí ha cambiado es nuestro proceso de adaptación a las nuevas condiciones climáticas. Ese ha sido uno de los cambios más importantes que ha ocurrido en la agricultura. Un cambio climático tan extremo nos está dando productos agrícolas muy diferentes. Gaja tiene un proyecto en Sicilia, en las laderas del Etna.
¿Cómo ha sido trabajar en un territorio volcánico y de montaña?
El proyecto en Etna, en Sicilia, fue realmente algo muy nuevo. Es una cooperación con otro productor. Es una joint venture 50/50 entre Gaja y Graci. Era importante tener un aliado que conociera muy bien su zona. Alberto Graci es de ahí y tiene su bodega en el norte del Etna. La idea era tener, con él, un proyecto en una zona un poco más desconocida del Etna, que es el suroeste. Queríamos enfocarnos en la producción de vinos blancos con una cepa que se llama Carricante, trabajando con viñedos en altura, a 850 metros. Vinos de montaña. Y, obviamente, estamos en un volcán activo. Lo diferente del Etna es que toda esta actividad, cada movimiento del volcán, lleva materia orgánica al viñedo. Cenizas y otros materiales. Básicamente, la energía del viñedo viene de arriba, porque todo lo que recibimos regenera constantemente los suelos. La cepa Carricante necesita frescor. No necesita esa nota muy ahumada que quizás esperamos de un suelo volcánico. En realidad, hay mucha frescura.
¿Este proyecto les está permitiendo crear una nueva manera de entender el vino?
Crear un vino nuevo es un proceso largo. Necesita tiempo para comprender realmente la zona donde estás. Hacer un vino nuevo requiere mucho estudio y experimentos. La influencia del terruño volcánico, en este caso en el Etna, tiene más que ver con la energía y la tensión de un vino blanco. No es tanto la nota aromática que quizás esperamos. Es más bien, en boca, una sensación de complejidad, mucha tensión, mucha energía y mucha frescura.
¿El cambio climático eventualmente los va a obligar a buscar más vinos de altura o a cambiar la manera de hacer vino?
Angelo fue el primero que vio un potencial para los vinos blancos en nuestra zona, en Piemonte. Esto fue a finales de los años 70, cuando plantó por primera vez Chardonnay, en 1979, y después plantó el primer Sauvignon Blanc, en 1982. En 2015, llegó su respuesta al cambio climático. Compró tierra, sin decirlo a nadie, en una zona de altura en Piemonte, a 15 minutos de Barbaresco, que se llama Alta Langa. Alta Langa empieza a unos 650 metros de altura. Él vio ahí el siguiente paso para nuestros vinos blancos y plantó viñedos. A partir de ese mismo concepto que empezó en Piemonte, después fuimos a Sicilia y finalmente pudimos hacer algo similar en Montalcino, en Toscana, donde tenemos una bodega desde 1994. Ahí pudimos comprar un terreno de cinco hectáreas, en uno de los puntos más altos de Montalcino, para tener condiciones más frescas, también para una cepa tinta.
¿Qué busca la familia Gaja cuando explora nuevos territorios?
Te diría que en Alta Langa Angelo vio algo que nadie había visto, sobre todo junto con nuestro vineyard manager, Giorgio. Él venía de ese pueblo, así que ya tenía un conocimiento de las condiciones climáticas. Obviamente, no había viñedos para hacer vinos tranquilos ahí, porque la zona se utiliza para producir vinos espumosos y, sobre todo, avellanas, que son muy famosas en Piemonte. Giorgio y Angelo vieron que había un lugar donde hacía más frío, donde las condiciones climáticas eran diferentes, donde había noches más frías, un aire increíble y una complejidad de suelo diferente. La familia busca proteger los viñedos de las condiciones extremas que tenemos. La idea es intentar tener temperaturas más frescas.
¿Cómo abre Gaja las puertas a nuevos consumidores sin perder a quienes ya tienen un conocimiento profundo del vino?
Creo que está todo conectado. Nuestro proceso de adaptación a las nuevas condiciones climáticas nos da hoy vinos diferentes de los que hacíamos en el pasado. Si eres una persona o un consumidor que conocía Gaja en los años 90, hoy no estás tomando los mismos vinos ni el mismo estilo. El consumo de nuevas generaciones y de personas que no son profesionales del vino es un tema muy interesante. Para nosotros se trata, sobre todo, de intentar comunicar por qué el vino cambió. Algunos ahora tienen un estilo más fresco y menos influencia de madera. Hemos visto que este es un es- tilo que muchas nuevas generaciones, en muchos mercados del mundo, están aceptando bastante bien.
Con un nuevo vino que hemos hecho en Montalcino, a partir de estos viñedos altos, tenemos una alternativa al Brunello: el Rosso di Montalcino. Si eres un profesional o una persona que disfruta mucho del Brunello, un vino histórico italiano, perfecto. Pero si eres una persona que quiere descubrir la zona de Montalcino y no quiere un vino tan estructurado como el Brunello, tienes una alternativa fresca de Sangiovese, más joven, que puedes disfrutar y comprender un poco, y que quizás te prepara para tomar Brunello en el futuro.
¿Qué te ha impactado del consumidor ecuatoriano?
El interés por vinos que son diferentes. Vinos mucho más concentrados en fruta, con un gusto más redondo y un final de boca más dulce. En Italia, por ejemplo, en Piemonte y en Toscana, no se busca tener esos vinos. Nuestro objetivo es hacer totalmente lo contrario. Entonces, vi interés por eso, lo cual siempre es positivo. Vi algunos clientes que estaban acostumbrados a tomar vinos con años en botella y que no se esperaban catar la nueva cosecha del Barbaresco, nuestro vino icónico. Eso es interesante porque nuestro punto de vista es: ya conoces este vino, pero esto es lo que nos da el viñedo hoy. He visto mucho interés por Piemonte y, seguramente, una posición consolidada de Toscana.
¿Qué diferencias has visto entre los diferentes mercados de Latinoamérica?
Seguramente Brasil ha sido una de las grandes fuerzas de Latinoamérica en el mundo del vino porque es un mercado muy grande. Cuantas más perspectivas puede recibir un mercado, sobre todo en Latinoamérica, más se puede desarrollar. Como consumidor, existe un nicho de consumidores de lujo, de vinos muy premium, de algunas de las grandes bodegas del mundo. También hay vinos de entrada, donde la gente tiene la oportunidad de conocer un poco más. Espero que, a través de esos vinos, se pueda crear más conocimiento. Ecuador está produciendo vinos, pero es algo muy reciente.
¿Qué esperan de la llegada de Gaja a Latinoamérica y qué te gustaría que sucediera a futuro?
Lo que nosotros esperamos es que la gente comprenda que nosotros no somos una marca. Somos una bodega familiar que ahora tiene cuatro bodegas en algunas de las zonas más icónicas de Italia. La marca se creó a partir del trabajo que se hizo en los mercados durante muchísimos años, a través de la entrega de un par de generaciones. Somos conscientes de que la marca es conocida, pero la realidad es que en los últimos años hemos viajado el doble para comunicar lo que hay detrás Gaja. Mi objetivo con las visitas es que la gente entienda lo que hay detrás. Espero que surja un interés tan grande que la gente se anime a venir a visitarnos en nuestras bodegas y nuestras zonas.
¿Se pueden visitar sus bodegas?
Sí. Los clientes profesionales siempre son bienvenidos. Seguramente son visitas de trabajo, así que siempre estamos abiertos. Los clientes privados pueden visitar nuestras bodegas desde 2014. Lo único que pedimos es que el cliente que quiera visitarnos haga una donación a una organización benéfica. La donación se hace directamente a la asociación que se escoja. Una vez que tenemos la confirmación de la donación, el cliente puede reservar la visita. Es una experiencia de aproximadamente dos horas. Siempre buscamos que sea memorable.