Buenos Amigos: creérnosla también en el cine

Una nueva generación de realizadores ecuatorianos apuesta por el cine de género

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Por: Coté Jaramillo (@cotejaramilloa) / Foto: Cortesía

Una nueva generación de realizadores ecuatorianos apuesta por el cine de género, por nuestras historias y por la posibilidad de hacer producciones que no tengan nada que envidiarle al cine internacional.

Cada vez son más las campañas que nos invitan a consumir lo nuestro. La música, la moda, el diseño y los productos locales han encontrado una nueva manera de conectar con un público que, poco a poco, empieza a mirar hacia adentro antes de apostar por lo extranjero. Sin embargo, hay una industria que todavía parece quedar fuera de esa conversación: el cine.

En Ecuador, hacer cine sigue siendo un ejercicio de riesgo. Implica recursos limitados, equipos que deben multiplicarse y una buena dosis de creatividad para convertir los tropiezos en soluciones. Pero también implica algo más importante: creer que nuestras historias merecen ser contadas y que podemos hacerlo con la misma ambición con la que miramos las producciones internacionales.

Buenos Amigos nace precisamente desde ese lugar. La nueva película ecuatoriana, dirigida y escrita por Dwight Gregorich y producida y protagonizada por Karen Montero, que llega a las salas con una propuesta poco habitual para el cine local: un thriller de acción que busca entretener, generar adrenalina y, al mismo tiempo, hablar de familia, decisiones y consecuencias.

La historia sigue a una familia reconstituida que atraviesa sus propias dificultades de convivencia. Isa, una adolescente que todavía no acepta a su madrastra, se refugia en un grupo de amigos y termina tomando decisiones que desencadenan una noche de pesadilla. Una premisa que parte de conflictos reconocibles para llevarlos a un terreno de acción y suspenso.

Para Gregorich, la película también es el resultado de una pasión que viene de lejos. Desde pequeño estuvo marcado por las películas de acción y aventura de los años 80, aquellas en las que las dificultades eran enormes, pero el héroe siempre encontraba la manera de enfrentarlas. “Buenos Amigos nació hace mucho tiempo, a partir de mi deseo de hacer este tipo de cine”, cuenta. Esa influencia se convirtió en el ADN de una película que busca recuperar algo de aquel cine optimista: historias capaces de mantener al espectador al borde del asiento y, al mismo tiempo, dejarlo con una sensación positiva al salir de la sala.

El reto, sin embargo, era considerable. Hacer una película de acción en Ecuador significa enfrentarse a escenas que requieren efectos especiales, coreografías de combate, armas y una puesta en escena mucho más compleja. El equipo decidió asumirlo con una premisa clara: que las limitaciones de presupuesto no se sintieran en pantalla. “Queríamos que cuando el público se sentara en una sala pudiera dejarse llevar por la historia, que la acción fuera creíble y, sobre todo, que pudiera disfrutarla”, explica Gregorich.

Mirar Ecuador con otros ojos

Parte de esa apuesta está también en el lugar donde ocurre la historia. Quito no solo se convierte en el escenario de esta cinta, sino que también es la atmósfera de Buenos Amigos. Sus calles, su clima, sus noches y su arquitectura aparecen bajo una mirada distinta. Para Montero, descubrir la ciudad a través de la visión de Gregorich fue una de las sorpresas del proyecto. “Quito se ve de una forma que nunca antes había visto en una película”, asegura. El Metro de Quito, el túnel de Guayasamín y Cumbayá aparecen dentro de una película que busca mostrar la ciudad desde una estética más cercana al cine comercial internacional, sin renunciar a su identidad.

Porque, para ellos, no se trata de intentar convertir Ecuador en otro lugar. Se trata de mirar lo que ya tenemos con otros ojos. “Muchas veces pensamos que las películas grabadas en Estados Unidos son increíbles por sus ciudades, sus edificios o su iluminación. Pero no es algo que no podamos hacer aquí. No es únicamente la ciudad, sino los ojos con los que la miras”, dice Montero.

La idea se extiende más allá de Quito. Ecuador tiene páramos, selvas, montañas, costa y ciudades que podrían convertirse en escenarios para prácticamente cualquier género. Gregorich incluso imagina el potencial de nuestros paisajes para historias de fantasía o acción. “Lo que uno necesite a nivel de locación está aquí. No hace falta ir a otro país. Hay que tener paciencia, ojo y ganas de contar una historia, porque los lugares están por todas partes”.

El problema de no creernos lo nuestro

Pero si algo atraviesa la conversación con los realizadores es una pregunta que va más allá de la película: ¿por qué todavía nos cuesta confiar en lo que hacemos en Ecuador? Ambos coinciden en que existe una paradoja. Hablamos constantemente de apoyar lo nacional, pero cuando llega el momento de elegir qué película ver, qué concierto comprar o qué producto consumir, lo extranjero todavía suele tener ventaja. “Nos hemos encontrado con una realidad: no somos profetas en nuestra propia tierra”, dice Gregorich. El equipo ha mostrado Buenos Amigos fuera del país y ha encontrado una respuesta positiva. Sin embargo, el reto sigue siendo conseguir que el público local se dé la oportunidad de verla antes de que alguien desde afuera le diga que vale la pena.

Para Montero, esa necesidad de validación extranjera es parte de un hábito que tenemos que empezar a cambiar. “Muchas veces esperamos a que una película gane algo afuera para prestarle atención. El mecanismo debería ser al revés: esto es nuestro, vamos a apoyarlo, y después dejemos que el mundo descubra lo que hacemos”.

No se trata únicamente de llenar salas. Apoyar una producción nacional significa también sostener una industria que genera trabajo para actores, productores, técnicos, músicos, diseñadores, artistas y cientos de personas que forman parte de una producción audiovisual. “El entretenimiento no está tan aislado como creemos. Forma parte de una comunidad y puede generar movimiento para muchas personas”, explica Montero.

Subir la vara

Quizás una de las ideas más poderosas detrás de Buenos Amigos es precisamente esa: no pedirle al público que apoye una película ecuatoriana únicamente porque es ecuatoriana. El objetivo es que la apoye porque quiere verla. Para conseguirlo, el equipo decidió ponerse una vara alta. No querían que el hecho de ser una producción nacional se convirtiera en una excusa para bajar las expectativas. Al contrario.

“Cuando nos paramos al lado de otros realizadores audiovisuales, tenemos las mismas ganas y el mismo nivel de hambre. Probablemente tenemos muchísimo menos dinero, pero tenemos estética, visión y somos recursivos”, afirma Montero. Esa capacidad de encontrar soluciones es, para ella, una de las grandes fortalezas del Ecuador. Resolver con lo que se tiene, buscar alternativas y no asumir que algo es imposible simplemente porque no se cuenta con los mismos recursos que una gran producción internacional.

La ambición, además, no termina con Buenos Amigos. Gregorich ya imagina proyectos más grandes: persecuciones en las calles, secuencias de acción a gran escala y producciones que puedan seguir elevando el estándar del cine ecuatoriano. “La responsabilidad es que la siguiente producción supere este estándar”, dice. Y quizá ahí está la verdadera apuesta de Buenos Amigos. No solamente en contar una historia de acción o en demostrar que Quito puede convertirse en el escenario de un thriller. Está en abrir una puerta para que las siguientes películas puedan ser todavía más grandes.

Al final, apoyar el cine nacional no tiene nada que ver con una bandera o con una obligación. Tiene que ver con entender que una industria cultural también puede transformar una comunidad. Montero lo explica desde una experiencia personal. Creció en Loja y pasó parte de sus vacaciones en Lucero, un pueblo donde imaginarse sobre grandes escenarios parecía una posibilidad remota. Pero las películas le permitieron imaginarlo.

“Cuando veía una película pensaba: ‘No sé cómo, pero yo voy a estar ahí’”. Quizás esa sea la invitación detrás de Buenos Amigos: permitirnos imaginar que aquí también pueden suceder esas historias que durante años aprendimos a buscar afuera.

Que podemos hacer acción. Que podemos hacer thriller. Que podemos contar nuestras ciudades de otra manera. Que nuestros paisajes pueden ser escenarios cinematográficos. Que nuestros actores, directores y equipos técnicos pueden competir en una industria que durante mucho tiempo miramos desde lejos. Y, sobre todo, que no tenemos que esperar a que alguien de afuera nos diga que podemos hacerlo. “Creo que se trata de creérnosla”, dice Montero. Buenos Amigos llega a las salas con esa convicción. Una película ecuatoriana que no pide permiso para jugar en las grandes ligas, sino que entra a la cancha con la intención de demostrar que la vara también puede estar aquí.

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