

Por: Coté Jaramillo / Foto: Cortesía Carla Romero
Carla Romero Zunino encontró en la pintura una voz cuando las palabras no eran suficientes. Nacida en Ecuador y actualmente radicada en Miami, su obra abstracta se mueve entre la intensidad emocional y la búsqueda de quietud interior. A través de capas de acrílico, texturas y contrastes vibrantes, Carla explora la aceptación, la imperfección y la identidad. Su trabajo no busca explicar, sino hacer sentir: un abrazo al alma que invita a mirar hacia adentro sin juicio.
Tu obra nace de la emoción y la espontaneidad. ¿Recuerdas el primer momento en que la pintura se convirtió en tu lenguaje emocional?
Siempre pinté desde chiquita, pero hubo un momento en mi vida en el que no entendía lo que sentía —o tal vez tenía miedo de ponerlo en palabras. Venimos de un mundo donde no siempre se siente “correcto” decir lo que realmente pensamos. Ese día, pintar fue un grito de emociones. Creé mi propio espacio, mi propio mundo. Aprendí a valorar todo lo que viene de mí, aunque no todos lo entiendan.
Hablas de no borrar las imperfecciones en el lienzo. ¿Qué significa ese gesto para ti?
¿Quién no ha querido borrar un momento incómodo del pasado? Pero así como en la vida no existe una máquina del tiempo, en el arte tampoco se pueden eliminar las partes que hacen que una obra sea lo que es. Pintar me enseñó a ser menos dura conmigo misma. Entender que equivocarse también es hermoso. Las imperfecciones cuentan la historia completa.
En tus obras hay una evolución de tonos oscuros hacia colores vibrantes. ¿Qué cambió en ti?
Le soy fiel a mis emociones. Puedo empezar un cuadro con un tono profundo y terminarlo con un amarillo vibrante, pero el color inicial nunca desaparece del todo. Queda en el fondo, como la piel de la obra. En ciertas partes aparecen grietas que revelan ese tono original. No son heridas dolorosas, son recordatorios de dónde viene la luz.
¿Qué esperas que alguien experimente al pararse frente a una de tus obras?
Quiero que sientan comprensión sin juicio. Que conecten. Que sepan que entiendo lo compleja que puede ser la mente y lo difícil que es aceptar nuestras emociones. Si alguien siente que mi obra lo acompaña, aunque sea por un instante, entonces todo tiene sentido.
En cada capa de acrílico, en cada textura que se resiste a ser corregida, Carla Romero reafirma una idea poderosa: sentir no es debilidad, es fuerza. Su obra es un ejercicio constante de honestidad, un recordatorio de que incluso el caos puede contener calma, y que la belleza muchas veces nace de lo que decidimos no borrar.
Mientras su camino internacional continúa expandiéndose, Carla no persigue fórmulas ni certezas. Persigue la verdad. Y en esa búsqueda valiente, vulnerable y profundamente humana, está construyendo un lenguaje propio que se siente.